Michael Spoor
Perú21, 23 de abril del 2026
«Una de las grandes riquezas de la gastronomía peruana, y de muchas del mundo, es precisamente la fusión».
Hace poco escuché a un reconocido experto en derechos humanos hablar sobre el aceite de palma. Con un tono cargado de insinuación, lo llamó “palma africana”. El énfasis, por supuesto, estaba en africana.
Seguramente usted también lo ha oído. Y casi nunca suena neutral. El mensaje implícito es claro: se trata de un cultivo extranjero, invasor, sospechoso. Pero detengámonos un momento: ¿acaso no ocurre lo mismo con casi todo lo que comemos?
Nuestra dieta es una historia de migraciones. Una de las grandes riquezas de la gastronomía peruana, y de muchas del mundo, es precisamente la fusión. Nuestro cebiche no existiría sin el limón asiático, ni la cebolla proveniente de Asia Central. El arroz, base de nuestra mesa, vino de China y la India. La caña de azúcar, de Nueva Guinea.
Es decir, nuestros platos más patrios —el cebiche, el arroz con pollo, el suspiro limeño— son fruto de cultivos que viajaron miles de kilómetros antes de llegar a nuestras tierras.
Y si hablamos de intercambios, recordemos que fue el Perú quien ofreció al mundo la papa: el gran regalo andino que permitió el crecimiento poblacional europeo, evitó hambrunas y dio sustento a las transformaciones sociales que hoy sostienen las democracias modernas. Sin la papa, quizá la Revolución Industrial nunca habría ocurrido
Entonces, ¿por qué solo el aceite de palma se juzga por su pasaporte?
Cuestionar los atajos intelectuales. Es cierto, la palma de aceite ha estado asociada a problemas ambientales en algunos países. Pero reducir toda la conversación a su origen “africano” no es un análisis riguroso, es un sesgo. Un atajo intelectual.
Y seamos francos: cuando algunas voces progresistas repiten con desdén el término “palma africana”, suenan curiosamente poco informadas. Ignoran que prácticamente todo lo que ponen en su mesa es, en esencia, un migrante; y desconocen que la palma aceitera genera más del 35% de las grasas vegetales que se consumen en el planeta. Desde alimentos hasta cosméticos, millones de productos que usamos a diario provienen de esta planta originaría de África.
Si nos limitáramos solo a los cultivos nativos de nuestro territorio, pasaríamos hambre.
Hacia una conversación honesta. Estigmatizar un cultivo por su origen no es un argumento; es un prejuicio. Lo importante no es de dónde viene la palma, sino cómo se cultiva, qué tecnologías se aplican y qué compromisos asumimos con el entorno.
La próxima vez que alguien desprecie la “palma africana”, pregúntele si está dispuesto a renunciar al cebiche (sin limón ni cebolla), al arroz con pollo (sin arroz) o a los postres (sin azúcar). Si la respuesta es no, quizá el problema no sea el origen del cultivo, sino la forma en que elegimos hablar de él.






