Maite Vizcarra
El Comercio, 12 de marzo del 2026
“Pero la admiración también cumple otra función silenciosa: construye confianza social. Pero no se trata de una admiración que se confunda con fanatismo por el acto heroico”.
La admiración parece haberse vuelto un sentimiento escaso en el Perú. No porque falten personas valiosas, sino porque vivimos en una época dominada por la sospecha. Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos si una democracia puede sostenerse sin la capacidad de admirar a otro.
A propósito de las celebraciones del 8 de marzo, apareció en mi libreta, una incógnita: ¿a quién admiramos hoy los peruanos? La pregunta puede parecer ingenua, pero en realidad dice mucho sobre el clima moral de una sociedad. Admirar implica reconocer que alguien posee alguna cualidad —intelectual, ética o humana— que merece ser valorada. Es, en cierto modo, un acto de justicia intelectual.
Sin embargo en el Perú de hoy, la admiración se ha vuelto un gesto raro. La conversación pública está dominada por la crítica, el escepticismo y una desconfianza estructural hacia todo aquello que se presenta como valioso. Vivimos, podría decirse, en una época de sospecha permanente.
Pensé en esto a propósito de dos fenómenos recientes que, en apariencia, no tienen relación. Por un lado, la irrupción en redes sociales de los llamados ‘therians’, jóvenes que se identifican simbólicamente con animales y encuentran comunidad a través de esa identidad. Por otro lado, los reconocimientos públicos que suelen multiplicarse cada 8 de marzo, cuando distintas instituciones destacan trayectorias femeninas destacadas. A primera vista pertenecen a universos distintos. Pero tal vez comparten una misma pregunta: ¿dónde está la admiración?
En sociedades polarizadas, donde cada grupo se repliega en su güeto, admirar implica reconocer que el valor puede existir en el otro, incluso cuando piensa distinto. Ese simple gesto rompe cámaras de eco y permite reconocer virtudes más allá de la coincidencia de opinión, abriendo espacio para algo escaso en el debate dentro y fuera de las casas: el respeto.
Pero la admiración también cumple otra función silenciosa: construye confianza social. Pero no se trata de una admiración que se confunda con fanatismo por el acto heroico. Se trata de una admiración forjada en lo cercano, incluso en lo cotidiano. Personas reales, no héroes inalcanzables.
Tal vez allí aparece una clave para entender ciertos fenómenos contemporáneos entre los jóvenes. Cuando los modelos admirables desaparecen del entorno cercano —familias, escuelas, comunidades— la necesidad humana de admirar no desaparece; simplemente cambia de dirección.
A veces se orienta hacia arquetipos digitales cuya principal cualidad es la visibilidad. En otras ocasiones adopta identidades simbólicas que ofrecen pertenencia. En ambos casos, lo que parece faltar no es la capacidad de asombro, sino la presencia de figuras cercanas cuya excelencia resulte tangible. Los antiguos griegos pensaban que la admiración era el comienzo de la sabiduría: ese momento en que algo extraordinario aparece y despierta el deseo de comprender. El famoso efecto “Wow”. Quizá recuperar ese sentimiento no sea un lujo cultural, sino una necesidad cívica.
CODA: El lunes pasado recibí un reconocimiento de la Comisión de Ciencia, Innovación y Tecnología del Congreso por estos años impulsando esos temas desde distintos espacios. Fue un honor que además compartí con dos peruanas relevantes: la arqueóloga Ruth Shady y la astronauta Nataly Rojas. Admirarlas fue, para mí, un acto subersivo, en tiempos de sospecha radical.






