Ian Vásquez
El Comercio, 13 de octubre del 2026
“Lo importante es que se distinga el mito de la historia y se reconozca que, en su pensar y actuar, el Che no fue muy distinto a Stalin”.
Un diputado del Partido Demócrata Cristiano de Bolivia propuso, hace unos días, una ley para retirar el nombre del Che Guevara de plazas, escuelas y otros espacios públicos del país, y para declararlo oficialmente enemigo de la patria.
Es cuestionable el significado de “enemigo de la patria” en la práctica, y mucho más si el sujeto ya no vive. Lo que sí está claro es que retirar homenajes al Che es lo moralmente correcto. Deberíamos preguntarnos, sin embargo, ¿por qué no se ha cuestionado más al mito del Che y por qué no se hizo mucho antes?
La propuesta del diputado coincidió con el aniversario 59 de la muerte del Che, quien perdió la vida al intentar encabezar una revolución marxista en un pueblo boliviano poco interesado en ese proyecto. Desde entonces, se idealizó la vida del rebelde marxista y la visión comunista que quería imponer en todo el continente.
Eso ocurrió a pesar del bien documentado fracaso del comunismo: 100 millones de muertes o más en su nombre, gulags y un empobrecimiento generalizado. El comunismo cubano que el Che ayudó a instaurar y liderar siguió ese patrón.
Kristian Niemietz, autor del libro “Socialismo: la idea fracasada que nunca muere”, describe un patrón que explica cómo esa ideología se sigue defendiendo a pesar de su récord: “Mientras un experimento socialista se encuentra en su apogeo, casi nadie cuestiona sus credenciales socialistas”, dice Niemietz. “Al contrario: prácticamente todos los regímenes socialistas han pasado por períodos de luna de miel, durante los cuales fueron elogiados con entusiasmo y ensalzados por numerosos intelectuales occidentales destacados. Solo a posteriori (es decir, una vez que se han convertido en una vergüenza para la causa socialista) se redefine retroactivamente su versión del socialismo como ‘irreal’”.
Así pasó con la Unión Soviética, Vietnam, China, Albania, Camboya y demás países que en su momento eran celebrados por los socialistas y luego denunciados por los mismos intelectuales socialistas por no ser ejemplos del socialismo real. Eso ocurre hoy con respecto a Venezuela.
En su libro, que escribió hace siete años, Niemietz dice que Cuba es una excepción. Dice que ha sido el ejemplo de un país socialista que no pasó a ser denunciado por no ser un caso de socialismo real. El apoyo al socialismo cubano pasó de ser eufórico a ser indiferente.
En los últimos años, sin embargo, eso ha estado cambiando. Luego del levantamiento nacional del 11 de julio del 2021 contra la dictadura cubana, por ejemplo, David Karvala escribió en International Socialism que Cuba en realidad era una “sociedad capitalista de Estado”. Otros socialistas también están comprobando el patrón observado por Niemietz.
¿Será que finalmente podremos esperar un rechazo más generalizado al Che? Lo importante es que se distinga el mito de la historia y se reconozca que, en su pensar y actuar, el Che no fue muy distinto a Stalin, Pol Pot u otros tantos líderes sangrientos socialistas.
Tal como lo ha documentado Álvaro Vargas Llosa en un ensayo devastador, el Che fue violento, intolerante y destructivo. Su “Mensaje a la Tricontinental” en 1967 lo resume así: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.
Cuando estuvo a cargo de la prisión La Cabaña, el Che mandó a fusilar a hasta 200 personas o más. Cuando estuvo a cargo del Banco Nacional, destruyó la moneda y estableció el primer campo de concentración, que fue el precursor de un sistema más extenso de represión en el que sufrían disidentes, homosexuales, sacerdotes afrocubanos y demás víctimas.
Esperemos que se extienda el rechazo al Che.






