Maite Vizcarra
El Comercio, 1 de octubre del 2026
“La pregunta para el Perú no es si la IA será más grande que Internet, sino, más bien, cómo vamos a cocinar nuestra torta de la IA: qué capas vamos a cocinar nosotros y cuáles podríamos traer de fuera”.
Donald Trump ha vuelto a subir la apuesta: sostiene que la inteligencia artificial (IA) será más importante que Internet e, incluso, que la Revolución Industrial. Su afirmación es potente, pero también compara tecnologías de naturaleza distinta. Y, paradójicamente, su comparación sirve para entender dónde se juega hoy el poder digital en el mundo, y tal vez en el Perú.
Imaginemos a Internet como una torta helada de varias capas. Abajo están los cables, antenas y fibra; encima, los mecanismos que permiten transportar y dirigir los datos; más arriba, los protocolos y servicios que hacen posible abrir una web, enviar un correo o usar una aplicación. Cada capa cumple una función distinta y se apoya en la capa anterior.
La IA no reemplaza esa torta. Se sirve sobre ella. Un modelo de IA (tipo ChatGPT o Claude) puede parecer extraordinariamente inteligente, pero sin conectividad, centros de datos y redes que muevan información sigue siendo –simplificando bastante– un enorme archivo de números sentado en algún servidor.
Comparar directamente la IA e Internet sería parecido a discutir si el refrigerador es más importante que la electricidad. O sea, una buena conversación para la sobremesa, aunque confunda categorías distintas.
Pero Trump toca un punto interesante. La IA está construyendo su propia ‘torta helada’: energía, chips, centros de datos, nube, modelos, interfaces, agentes IA y aplicaciones. No son las mismas capas de la ‘torta’ de Internet, pero la lógica se parece: cada nivel habilita al siguiente. Y en la parte superior de esa torta está apareciendo algo más disruptivo aún: los agentes IA, que ya no esperan que naveguemos nosotros, sino que conversan con sistemas y ejecutan tareas, directamente.
En este punto es donde surge la diferencia importante, porque Internet se expandió alrededor de protocolos abiertos que permitieron a miles de actores innovar sobre una infraestructura compartida. La IA, en cambio, nació mucho más concentrada en pocos países y empresas, que controlan buena parte de los chips, la nube y los modelos más avanzados de su torta.
Entonces por eso es hoy tan necesario empezar a hablar de la infraestructura pública digital en el Perú, aunque parezcan temas demasiado técnicos. Porque ya no se trata solo de tener acceso a la IA o a la conectividad de Internet, si es que entre ambas no aparece una capa decisiva sobre la que ofrezcamos servicios digitales como la identidad digital, los pagos, intercambio de datos o un catálogo de servicios sobre el cual escoger. Esa capa es la plomería que permite convertir la IA en servicios públicos.
En el Perú tenemos algunas piezas de esa, pero todavía no una arquitectura digital lo suficientemente integrada, distribuida y preparada para entregar una nueva generación de servicios públicos a los peruanos. De nada sirve, entonces, emocionarnos por la IA, poniéndola encima de la torta, si esta anda con huecos.
Volviendo a Trump, la pregunta para el Perú entonces no es si la IA será más grande que Internet, sino, más bien, cómo vamos a cocinar nuestra torta de la IA: qué capas vamos a cocinar nosotros y cuáles podríamos traer de fuera. Y eso incluye a los vecinos más lejanos y más cercanos en Latinoamérica.






