Entrevista a Federico Kauffmann Doig
Perú21, 28 de agosto del 2026
Mijail Palacios Yábar
Rumbo a los 98 años, Federico Kauffmann Doig acaba de publicar Cosmos andino, tres tomos que explican nuestros orígenes hasta el apogeo inca. Lo entrevistamos.
Federico Kauffmann Doig nació en Chiclayo, pero asegura que antes ya estuvo deambulando por Amazonas. “Donde mi madre salió en cinta”, me dice y sonríe.
De madre chiclayana y padre alemán, ellos volvieron a Amazonas para trabajar con el café. El pequeño Federico se quedó con su abuela. Tres años más tarde, volvieron por él. Hasta los diez años vivió en Camporredondo, un pueblo pequeño, donde caminaba descalzo de lunes a sábado, y solo usaba sandalias para ir a misa los domingos.
“Mi corazón estaba palpitando en aquella infancia y por eso creo que la cultura Chachapoyas me ha interesado mucho”, me dice el renombrado arqueólogo que en unas semanas cumplirá 98 años.
Acaba de publicar Cosmos andino (EY Perú). Tres tomos que explican el surgimiento, la evolución y la diversidad de las culturas andinas, desde sus orígenes más remotos hasta el apogeo del Imperio inca. Reúne más de 70 años de investigación sobre la historia del Perú antiguo.

¿Cómo empezó en el mundo académico?
Comencé temprano, cuando era estudiante y siendo profesor. A mis alumnos les decía “vayan a ver el trabajo de Julio C. Tello”. Pasaron ocho días, les hice preguntas y no habían entendido nada, porque Tello no escribía para el público en general, sino para académicos. Y así eran todos. Yo tendría 26, 27 años. Entonces, dije “caramba, voy a resumir mi clase” e hice un libro como para los estudiantes. Tuve la suerte de que fue muy apetecido. La gente empezó a comprender nuestro Perú antiguo, pero sin desvirtuarlo. Peisa me publicó un primer trabajito y en nueve años fue reeditado ocho veces. Y ya luego me dediqué a ser arqueólogo, que es muy difícil acá, yo he tenido una suerte bárbara. Actualmente, hay más de dos mil arqueólogos, en mi época era el único. Soy el primer arqueólogo titulado en el Perú.
¿Hoy siguen faltando textos que puedan ser comprendidos por el público en general?
Hay esa necesidad. Los arqueólogos no quieren que se les vaya a juzgar como profesionales menores, baratos… Pero también tengo 250 artículos ‘serios’ escritos para los colegas.
¿Qué nos enseñan nuestros antepasados?
Los ancestros de los incas pusieron la base para el desarrollo del incario. Construyeron enormes edificaciones, como en Chavín, a pesar de que fue cubierto varias veces por lava aluvial. Y el fenómeno de El Niño siempre estuvo presente en las culturas peruanas.
¿Cómo afrontaban el fenómeno de El Niño?
Rindiendo homenaje y culto a ese Dios que se imaginaban, a esa divinidad que mandaba estos fenómenos adversos al hombre y que producían el hambre y la muerte.
¿Qué fenómeno de El Niño grave hubo en esa época?
Muchos. Hace 3,000 años fue cubierto el templo de Chavín. Dijeron: “Para que no nos castigue vamos a rendirle tributo y construir un templo más grande al lado”. Todo eso hace que en el Perú se levante una religiosidad sin par. Somos religiosos porque no había cómo parar estos fenómenos. Y la religiosidad induce a la arquitectura.
¿Los preincas o incas cómo resolvían el poder?
Como gente, peleando duro. Es algo del hombre y es algo animal también. El que gana, se impone. Y también usando mitos: “Esto lo ha mandado el Sol”, lo religioso otra vez. Pero la belicosidad innata del hombre se convierte en política y en deporte (risas), aunque sublimada.

Federico Kauffmann Doig en los Sarcófagos de Karajía, en Chachapoyas. (Foto: Archivo de Federico Kauffmann Doig).
¿Cómo empezó a hacer expediciones?
Mis padres no eran de plata. Pero me esmeré. En el año 62 ya venía trabajando para un museo que iban hacer: el Museo de Arte de Lima (MALI). Las personas que hicieron ese museo eran millonarias, se juntaron como quince. Y me nombraron director del museo. Más adelante me nombran director del Instituto Nacional de Arqueología en Pueblo Libre. De pronto, un día llegué y encontré un grupo de hippies en el suelo. Estaban discutiendo. Eran italianos. Les hice una explicación sobre lo que discutían. El que hablaba español me preguntó si yo era el director. Le dije que sí. “Entonces, usted hará trabajos en el campo, en las huacas”. Le dije que no porque para eso se necesita dinero. “¿Pero a usted le gustaría hacer trabajo de campo?”. Claro, le dije. Después de quince días, mi secretaria toda alarmada me dice: “Ha venido un señor de la Embajada de Italia”. Lo atendí y me dijo: “Aquí le traigo un sobre con US$4,000. Cuéntelos”. Ese dinero lo mandaba un millonario de Venecia, que resultó ser el hippie que me hizo esas preguntas. “Lo único que le pide es que haga la investigación”, dijo. Yo ya tenía 65 años y a esa edad hice mi primera expedición. Luego hice dieciséis más con el mismo italiano. Y me publicó unos tremendos libros. Esa primera expedición fue a los (hoy célebres) Sarcófagos de Karajía, en Chachapoyas.
¿Cómo se vincula hoy con el Perú?
Me regocija ser peruano y decir que, a pesar de mi apellido, soy muy peruano y no solamente porque lo digo, sino por la sangre. Mi abuelo materno era Augusto Doig (apellido escocés) Lloc, como San Pedro de Lloc. La madre de mi abuela era mochica típica. Tengo amor por mi Perú que me hace estudiarlo desde su pasado remoto y aplaudirlo, pero sin patriotería porque desvirtúa el pasado. Un pasado lejano, pero presente.
¿Qué tendríamos que decir de usted en el futuro lejano?
Nada. No sé. Me pongo nervioso…
Llegará a los 98 trabajando, Federico.
Y preguntándome cómo no se levantó ninguna civilización, ninguna cultura alta en la selva peruana, en la Amazonía, qué raro, ¿por qué?

¿Quién es Federico Kauffmann Doig?
-Terminó sus estudios de secundaria en el Colegio Guadalupe, en 1947, el mismo año que falleció Julio C. Tello. Su padre le preguntó qué iba a estudiar, pero Federico no tenía ni idea. Aunque le contó que había visto unas ruinas y que le interesaron, que le llamaron la atención.
-Su padre le respondió: “Eso se llama arqueología. ¡Mañana vamos a la universidad!”. El rector de San Marcos les explicó que no podía estudiar esa carrera de inmediato, pero que ingresara porque en dos años la iniciarían. No paró hasta obtener el grado de doctor.
-Federico Kauffmann explica que tuvo “un magnífico profesor” y se refiere a Raúl Porras Barrenechea, historiador, ensayista y diplomático peruano. Y obtuvo un doctorado en Historia. Luego trabajó con él como su asistente de cátedra, y gracias a lo cual también enseñó en las aulas universitarias.






