Raimundo Morales
CEO de Yape
Gestión, 1 de julio del 2026
Tenemos una opción mucho más prometedora: dejar de definirnos por el candidato al que apoyamos y empezar a definirnos por el país que queremos construir.
Las elecciones generales han terminado. Si bien, a la fecha, el Jurado Nacional de Elecciones aún no ha proclamado oficialmente al ganador, el conteo de la ONPE indica que la señora Keiko Fujimori ha obtenido la Presidencia de la República. Aunque, como ocurrió en las dos últimas elecciones, el resultado ha sido muy ajustado. Pareciera que tenemos un país dividido no en dos, sino en tres bloques de aproximadamente nueve millones de personas: quienes optaron por Roberto Sánchez y quienes no respaldaron a ninguno de los dos candidatos -sumando los votos nulos y los ausentes-, ya sea por apatía o por desencanto con las opciones de la segunda vuelta.
Tal como lo veo, estamos ante una encrucijada con dos caminos posibles. El primero, quedarnos peleando durante los próximos cinco años y permitir que los problemas que nos afectan continúen creciendo: que la pobreza siga golpeando a más peruanos que antes de la pandemia, que los jóvenes no encuentren empleos de calidad, que las extorsiones y el sicariato continúen desangrando nuestras ciudades y que miles de compatriotas sigan pensando —como ha venido ocurriendo-que la única forma de progresar es comprar un pasaje sin retorno al extranjero. Ya hemos recorrido ese camino y sabemos que, una vez que un país entra en esa espiral, recuperarse no siempre es sencillo.
La otra opción es mucho más difícil, pero también mucho más prometedora: dejar de definirnos por el candidato al que apoyamos y empezar a definirnos por el país que queremos construir. Cuando dejamos de lado las diferencias políticas, descubrimos que el diagnóstico es bastante compartido. Todos queremos vivir sin miedo a la delincuencia, que nuestros hijos reciban una mejor educación, acceder a servicios de salud dignos, conseguir empleos de calidad y confiar en que las instituciones funcionen. Si coincidimos en los problemas, deberíamos ser capaces de coincidir, al menos, en las prioridades.
La buena noticia es que hoy el Perú vuelve a tener una oportunidad que pocos países poseen. El mundo sigue demandando cobre, minerales, alimentos y energía que podemos producir competitivamente. Ese contexto puede traducirse en más inversión, más empleo y mayores ingresos para millones de familias. Pero las oportunidades internacionales no generan desarrollo por sí solas; dependen de las decisiones que tomemos como país.
Y la agenda tampoco es un misterio. Necesitamos recuperar la seguridad ciudadana, destrabar proyectos de infraestructura, promover la inversión privada, fortalecer la educación, modernizar el Estado y construir instituciones que den confianza. Ninguno de esos objetivos pertenece a una ideología o a un partido político; todos benefician por igual a quienes votaron por un candidato, por otro o por ninguno.
Eso también exige que cada actor asuma su responsabilidad. El Gobierno debe liderar con una visión de largo plazo. El Congreso tiene que construir acuerdos en lugar de profundizar la confrontación. El sector privado debe seguir apostando por generar empleo e innovación. Y los ciudadanos debemos exigir resultados, participar y defender las instituciones cuando funcionan, incluso si no siempre producen el resultado que esperábamos.
Las elecciones ya terminaron. Ahora empieza la parte más importante: aprovechar los próximos cinco años para resolver problemas que llevan demasiado tiempo esperando. Podemos seguir atrapados en la lógica del enfrentamiento permanente o decidir que, por una vez, las coincidencias pesen más que las diferencias.
Cada quinquenio de gobierno es como el primer partido de un Mundial: representa una nueva oportunidad para empezar bien el campeonato. El Perú ya demostró en el pasado que, cuando logra alinearse alrededor de objetivos comunes, es capaz de crecer, reducir la pobreza y transformar la vida de millones de personas. Hoy volvemos a contar con un contexto internacional favorable. No lo desperdiciemos. La oportunidad que tenemos por delante no depende únicamente de quien gobierne; depende de que todos decidamos empujar, por fin, hacia el mismo lado.






