Madeleine Osterling
Expreso, 10 de junio del 2026
Este comunista no tendrá límites. Desaparecerá todos los contrapesos del poder. En el Perú eso sería facilísimo: nuestras instituciones están tan debilitadas que basta soplarlas para que se derrumben. Sánchez cuenta con todo el dinero de la minería ilegal detrás de él. Con esos recursos podría comprar a la alicaída prensa, influir en el Poder Judicial y cooptar a quien mejor le parezca. Desafortunadamente en el Perú, pareciera que todo tiene un precio.
Una persona que se rodea de un condenado por el asesinato de policías y de un exfiscal fracasado, que no muestra el menor respeto por la libertad de expresión y amenaza con judicializarlo todo, solo inspira desconfianza. Es, y siempre fue un operador político que ahora solo aspira a convertirse en ministro de Justicia. Desde allí ejercerá influencia (¿extorsión?) sobre los procuradores y probablemente manipulará las colaboraciones eficaces. Será persecutorio, un implacable enemigo de sus enemigos, y no tendrá un milímetro de piedad. Basta verlo gesticular cuando habla, la pasión y las ansias de poder parecen nublar cualquier atisbo de prudencia.
¿Dónde quedarán las generosas apuestas de inversión de las diversas empresas que tenían serios planes de crecimiento en el país? ¿En qué basurero terminarán las recomendaciones de los dirigentes gremiales y analistas sobre las tareas urgentes para el próximo gobierno? Todos los estudios para combatir la anemia y el hambre, para cerrar la brecha de infraestructura, para formalizar al más de 70% de la PEA, quedarán convertidos en letra muerta. Esta última pregunta le fue planteada durante el debate y simplemente no la respondió. Con Sánchez, cuyo principal logro legislativo ha sido promover normas que liberalizan la compra, transporte y uso, favoreciendo especialmente a la minería ilegal, sólo existirá el caos, un escenario en el que él y su entorno se enriquecerán.
El hombre no ha parado de mentir. No debería sorprender a nadie si intenta no solo modificar el modelo económico consagrado en la Constitución, sino también avanzar hacia la nacionalización de la banca o la imposición de controles cambiarios. En la lógica de un corrupto con vocación autoritaria, todo es posible. Entraríamos nuevamente en una dimensión que no nos resulta desconocida, sino dolorosamente olvidada.
No es difícil imaginar la pesadilla que podría avecinarse. Lo preocupante es que los peruanos solemos reaccionar cuando los hechos ya están consumados. Cuando llegan los lamentos, es demasiado tarde. Sigo pensando que, además de la indolencia de quienes se ausentaron en las urnas sabiendo que el balotaje sería extremadamente peleado, hay una gran responsabilidad de la derecha. Ya que no hacen nada por crear think tanks, ni desmentir el relato de la izquierda especialmente en el sur del país, al menos debieron unirse en un solo candidato. El respaldo de RLA, Álvarez y Espá el pasado domingo, fue tardío y prácticamente irrelevante. La intervención de Nieto casi tan decepcionante: solo expresó una posición cuando fue presionado por una pregunta, no porque voluntariamente quisiera hacerlo. Igual Arequipa votó mayoritariamente por los aliados del Movadef y el terrorismo.
En política como en la vida, la oportunidad es clave. Las advertencias aparecen con anticipación, pero preferimos ignorarlas y luego lamentarnos cuando los hechos ya son irreversibles.
Este último domingo Jaime Bayly nos recordó en su columna en El Comercio, las penurias que sufrió nuestro recordado y querido abuelo Roberto Letts cuando la reforma agraria del velascato lo despojó de sus tierras, al igual que a miles de agricultores peruanos que quedaron literalmente en la calle. Hoy su objetivo sería destruir la agroexportación y todo aquello que genera riqueza, a través de normas desfasadas y tributación confiscatoria. Después de tanto sufrimiento y de infinitos ejemplos históricos del daño causado por el comunismo, nuevamente me pregunto: ¿por qué seguimos siendo incapaces de dimensionar sus nefastas consecuencias y de asumir la responsabilidad de votar, y votar bien?






