Alejandro Pérez Reyes
El Comercio, 5 de mayo del 2026
“Las empresas que apuestan por el Perú necesitan buenas instituciones, reglas claras y predictibilidad. Cosas que se han debilitado en los últimos años. Es muy importante retomar el rumbo para nuevamente ver caer la pobreza y mejorar la calidad de vida de todos los peruanos”, escribe Alejandro Pérez–Reyes, CFO de Credicorp y del BCP.
Cuando hablamos de la expansión de la inversión privada en el Perú en los últimos treinta años, hay dos indicadores que cobran protagonismo: el PBI y la pobreza. Y con justa razón. En ese período, no solo hemos alcanzado niveles de crecimiento sin precedentes en nuestra historia, sino que la pobreza se redujo como nunca. Se pasó de casi 60% a 20,2% en el 2019 (la última medición, del 2024, la coloca en 27,6%), con la mejora en la calidad de vida de los peruanos que esto implica.
Y aunque es importante que no perdamos de vista estas cifras para entender el efecto macro, hay otra historia que los números agregados no terminan de contar: la de los cambios concretos y cotidianos en la vida de millones de peruanos, que no podemos dar por sentados.
Uno de los más relevantes tiene que ver con las comunicaciones y la conectividad, donde el ingreso de la empresa privada cambió por completo el panorama. A inicios de los noventa, de acuerdo con una investigación de GRADE, en el Perú había apenas 2,6 líneas telefónicas por cada 100 habitantes y la espera para la instalación de una nueva línea alcanzaba los 118 meses.
Tras la privatización de 1994, para 1998 la densidad había alcanzado las 6,8 líneas por cada 100 habitantes y la instalación a tomar 1,5 meses. Hoy, más de 30 años después, y con el ingreso de más competidores al sector, la historia es aún mejor: el mercado móvil cerró el 2024 con 42,7 millones de líneas (más de una por habitante), con 99,3% de los hogares peruanos con acceso a celulares y 92,6% con acceso a internet.
Esto último, además, se asocia con otras maneras en las que la inversión privada ha mejorado el día a día de los peruanos, pues los avances mencionados también suponen progreso, por ejemplo, en educación e inclusión financiera. Una persona con un teléfono no solo tiene a la mano fuentes infinitas de información, sino la posibilidad de tener una cuenta bancaria y hacer transacciones sin movilizarse con herramientas como Yape.
En el sector energético, el impacto de la masificación del gas de Camisea es otra historia de éxito. Actualmente, hablamos de más de dos millones de hogares, industrias y comercios en 12 regiones del país con acceso al servicio y con ahorros importantes para los usuarios. Según Macroconsult, un hogar en Lima que reemplaza su cocina, terma y secadora eléctricas por gas natural reduce sus costos hasta S/ 2.157 al año, y el ahorro acumulado entre el 2004 y el 2024, en todos los sectores, fue de S/ 474 mil millones.
No hay magia detrás de todo esto. El éxito de la inversión privada en estos rubros tiene que ver con el efecto de la competencia, la innovación y el incentivo de poder obtener mayores ganancias ofreciendo mejores servicios a la mayor cantidad de personas posible. Y aunque hemos mencionado segmentos de nuestra economía donde el impacto es estructural y masivo, es posible identificar cómo este se da hasta en las cosas más simples, como poder pedir un taxi a través de una aplicación o en la calidad y variedad de alimentos a los que se tiene acceso en comercios de todo tipo.
Esta historia de éxito ha tenido un retroceso en el último quinquenio. Justamente porque aquí no hay magia. Las empresas que apuestan por el Perú necesitan buenas instituciones, reglas claras y predictibilidad. Cosas que se han debilitado en los últimos años. Es muy importante retomar el rumbo para nuevamente ver caer la pobreza y mejorar la calidad de vida de todos los peruanos.






