Maite Vizcarra
El Comercio, 26 de febrero del 2026
“La inteligencia artificial puede convertirse en una brújula útil en este océano de candidaturas”.
Nunca fue tan complejo elegir. El 12 de abril tendremos el primer hito en estas elecciones generales —con una probable segunda vuelta en el horizonte— y la sensación compartida es que necesitamos algo más que intuición. Buen contexto para probar a escoger con la inteligencia artificial.
Si en procesos anteriores ya existían páginas webs orientadas al llamado “voto informado”, esta vez el fenómeno se ha sofisticado de manera evidente. Con 38 partidos inscritos y más de 8.000 personas postulando a cargos públicos, la tarea exige no solo convicción, sino método.
Y no se trata únicamente de escoger presidente: debemos votar por representantes para dos cámaras del Parlamento y, además, por parlamentarios andinos. El menú electoral es amplio; el margen para la improvisación, mínimo.
En este contexto aparecen iniciativas ciudadanas y start-ups que ofrecen herramientas y aplicaciones basadas en inteligencia artificial generativa para orientar la elección de candidatos. Algunas comparan propuestas; otras funcionan como chatbots que responden preguntas específicas; otras cruzan bases de datos y perfilan coincidencias programáticas. La promesa es seductora: ordenar el exceso de información y ayudarnos a discriminar en medio de un universo abrumador de opciones.
Hay algo valioso en esta apuesta. Los modelos de lenguaje de IA pueden adaptar información electoral a distintos públicos y preguntas frecuentes pueden facilitar el acceso a datos que, de otro modo, exigirían recorrer múltiples portales institucionales. Bien diseñadas, estas herramientas pueden ampliar el acceso y reducir brechas informativas. Pero el entusiasmo tecnológico no debe sustituir al criterio. No es la primera vez que surgen plataformas que, bajo la bandera del “voto informado”, terminan introduciendo sesgos o priorizando ciertas variables sobre otras. La línea entre orientar y persuadir puede ser sutil.
De allí que convenga formular algunas recomendaciones prácticas ahora que usted, además de escoger a su candidato adecuado, busque herramientas de IA que le ayuden. Primero, es preferible consultar herramientas sustentadas en datos verificables antes que en valoraciones subjetivas. No es equivalente preguntar cuántos proyectos presentó un candidato o cuántas veces postuló a un cargo público que indagar si “representa mejor el cambio”.
Lo primero es medible; lo segundo, discutible. Segundo, resulta aconsejable priorizar plataformas basadas en datos cuantitativos y empíricos —grados académicos, bienes declarados, historial de postulaciones, asistencia a votaciones— antes que aquellas sustentadas únicamente en documentos programáticos cuya verificación puede ser limitada, salvo que se trate de declaraciones juradas oficiales. Tercero, es fundamental examinar quién respalda la herramienta.
El contexto de inestabilidad política y polarización exige especial responsabilidad. Muchas aplicaciones se ofrecen gratuitamente y, aunque puedan nacer con genuina vocación cívica, también pueden responder a intereses legítimos aunque particulares, como probar una tecnología, posicionar una propuesta o atraer financiamiento.
La neutralidad sobre metodologías, fuentes de datos y criterios de procesamiento es tan relevante como la facilidad de uso.
La inteligencia artificial puede convertirse en una brújula útil en este océano de candidaturas. El algoritmo puede ordenar la información; la decisión —y la responsabilidad— sigue siendo nuestra.






