Andrés Balta
Perú21, 26 de febrero del 2026
«Aunque los traumas de Castillo están en nuestra memoria emocional y de allí sería difícil moverlos, no subestimemos a la zurdería ni a su capacidad para destruir la verdad».
No fue de otra manera ni con distinta catadura moral. La narrativa zurda, siempre miserable y desgraciada tergiversación de los hechos, volvió a ocurrir. Otra vez se intentó, al mejor estilo de una “comisión de la mentira”, convertir a los oficiales de nuestro ejército en los victimarios de sus propios soldados. Sin móvil, ni causa, ni motivo, ni historia y solo colgados en palabras, —que lucen ciertas, pero son falsas—, se buscó borrar la verdad. Desde aquí va mi protesta directa contra los monarcas forenses del acomodo y de los sofismas. Desde aquí va mi rechazo rotundo a los ruidos de abogados y fiscales y a la vieja pasión peruana de discutir lo intrascendente para construir mentiras.
Aunque los traumas de Castillo están en nuestra memoria emocional y de allí sería difícil moverlos, no subestimemos a la zurdería ni a su capacidad para destruir la verdad. Vayan estas líneas como recordatorio de ella y como contradicción a esos zurdos despropósitos.
Hace tres años escribí: podré vivir, sí, pero no me recuperaré de las muertes demoledoras y desmoralizadoras de seis soldados de la patria. Fueron apedreados, obligados a replegarse, rodeados y conducidos a punta de vejámenes e insultos y finalmente, inducidos a su propia muerte, ahogados en un río. Sus muertes tienen todos las agravantes, las mayores cobardías posibles y las vilezas de la masa. Y claro que sí, lo tomo y aún lo siento de manera personal. Esas muertes son y serán —siempre— puñaladas en cada uno de los corazones patriotas de este país. Sucedieron en contra de la patria y la patria somos todos.
Y, además, no dejo de sentirme responsable por las muertes de cada uno de esos soldados del Perú: Alex Quispe Serrano (24), Franz Juan Canaza Cahuaya (20), Elias Lupaca Inquilla (19), Elvis Parí Quizo (20), Percy Alex Castillo (19) y Carlos Quispe Montalico (22), casi todos de las edades de mis hijos. Ellos regresaban a Ilave por ti, por él, por ella, por mí, por todos. Lo hicieron por cada uno de nosotros y en ese empeño murieron y cargaron sus muertes en nuestras espaldas.
Entonces, por todo eso que es muchísimo, la verdad ha de ser respetada y la narrativa zurda puesta donde no entra el sol. Y el castillo de traumas recordado siempre para elegir bien a quien tenga claro que el deber de gobernar es constante y permanente, no empieza ni termina, no decae ni se relaja. Está presente en todos los momentos como una obligación que nos repite, sin cesar: cuando sale el Estado a plantar orden, tiene que ganar sí o sí. El Estado no puede salir para tener más víctimas que quienes están desafiando la ley, ¡nunca de los soldados que la defienden!






