Enrique Gubbins
Perú21, 17 de abril del 2026
Los países que han logrado reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de su población lo han hecho sobre la base de inversión privada».
Con la primera vuelta esperando por sus resultados finales, el Perú entra en una nueva etapa del proceso electoral. Más allá de la confirmación oficial, el mensaje de las urnas empieza a marcar el tipo de decisiones que tendremos que tomar en los próximos meses.
En medio del ruido de la campaña, abundan las promesas de corto plazo, las soluciones fáciles y los discursos que buscan conectar con el malestar ciudadano. Pero hay una pregunta de fondo que pocas veces se plantea con claridad: ¿qué tipo de país queremos construir? Uno que promueva la inversión, genere empleo y crezca de manera sostenida, o uno que siga atrapado en la desconfianza, la improvisación y el estancamiento.
La evidencia es clara. Los países que han logrado reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de su población lo han hecho sobre la base de inversión privada, reglas de juego estables y apertura al mercado. No es una discusión ideológica, es una constatación práctica. Sin inversión, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, no hay empleo ni oportunidades reales para millones de peruanos.
Sin embargo, en cada proceso electoral reaparecen propuestas que ponen en riesgo ese camino. Discursos que cuestionan la inversión, que plantean mayores trabas o que promueven la intervención del Estado como solución a todo.
A eso se suma un populismo que no solo aparece en campaña, sino que ya hemos visto operar en el Congreso: leyes sin sustento, decisiones con alto costo fiscal y promesas que se financian con recursos que el país no tiene.
El resultado de esa combinación es conocido. Cuando el populismo se impone, la inversión retrocede. Y cuando la corrupción entra en escena, el daño es doble: no solo se pierden recursos, también se destruye la confianza. El país ya ha pagado ese costo demasiadas veces como para volver a recorrer el mismo camino.
Elegir bien no es dejarse llevar por la promesa más llamativa ni por el discurso más confrontacional. Es evaluar con responsabilidad qué propuestas generan condiciones para crecer y cuáles, por el contrario, nos devuelven a un camino que ya sabemos cómo termina.
El voto es, finalmente, una decisión sobre el futuro económico del país. Y en ese terreno, las consecuencias no son abstractas: se traducen en empleo, ingresos y oportunidades. Si queremos un Perú que avance, la elección no puede ser indiferente a aquello que realmente hace posible el crecimiento.






