David Tuesta
Perú 21, 30 de abril de 2026
«La informalidad sigue siendo dominante, la educación no mejora lo suficiente y la incertidumbre desalienta la inversión».
«Luego, la proporción de dependientes aumentará, habrá menos trabajadores por adulto mayor y mayor presión sobre familias y Estado».
El Perú ha cambiado más de lo que creemos como consecuencia de una transformación silenciosa que viene ocurriendo desde hace décadas. Durante mucho tiempo fuimos una sociedad joven, con familias numerosas, alta natalidad y un crecimiento poblacional acelerado. Hoy somos distintos, aunque aún no terminamos de asumirlo.
Algunas cifras adelantadas del último Censo del INEI ayudan a dimensionar este cambio. La fecundidad ha caído a niveles cercanos a 1.8 hijos por mujer, incluso por debajo del nivel de reemplazo en varias zonas. La supervivencia ha mejorado notablemente: de uno de cada seis fallecimientos tempranos en el pasado, hemos pasado a uno de cada ochenta. A los 60 años, una persona puede esperar hoy vivir cerca de tres décadas adicionales. A ello se suma un cambio territorial profundo: el Perú se ha convertido en un país mayoritariamente urbano, con cerca del 80% de su población en ciudades.
Estos cambios no suelen estar en la conversación diaria, pero tienen efectos concretos. Familias más pequeñas, hogares más diversos y una mayor presencia de adultos mayores están redefiniendo la dinámica social. Detrás de ello está el llamado bono demográfico: una etapa en la que hay más personas en edad de trabajar que dependientes, lo que abre una oportunidad para crecer más rápido.
Y en parte eso ocurrió. Las reformas económicas de los noventa y de la primera década de este siglo, junto con un contexto externo favorable, permitieron aprovechar buena parte de ese bono. El país creció, la pobreza se redujo y se generaron oportunidades. Ese impulso aún se siente, aunque cada vez con menor intensidad.
Pero no era automático ni permanente. Dependía de seguir generando condiciones para que más personas trabajaran mejor, con mayor productividad. Y ahí comenzaron los problemas. Desde hace más de una década, las reformas se han frenado. La informalidad sigue siendo dominante, la educación no mejora lo suficiente y la incertidumbre desalienta la inversión. En lugar de avanzar, en varios frentes hemos retrocedido.
Un ejemplo claro es el manejo del ahorro previsional. Los sucesivos retiros de fondos de pensiones han reducido significativamente el ahorro para la vejez. Puede parecer una solución en el corto plazo, pero implica consumir hoy lo que necesitaremos mañana, debilitando uno de los pocos mecanismos de ahorro de largo plazo.
El problema es que estas transformaciones no se detienen. El bono demográfico tiene fecha de vencimiento. En el Perú, esta ventana se extendería hasta alrededor de 2045. Luego, la proporción de dependientes aumentará, habrá menos trabajadores por adulto mayor y mayor presión sobre familias y Estado. Si no llegamos mejor preparados, el ajuste será más difícil.
Lo que viene es un cambio en cómo vivimos y nos organizamos. Más demanda de salud, sistemas de cuidado y pensiones. Aún queda una década y media para aprovechar mejor esta etapa, retomando las reformas proproductividad que traigan más empleo formal, mejor educación, fortalecer la salud y recuperar el ahorro de largo plazo.






