Lic. Daniela M Delgado Ehni
Psicóloga Clínica
Para Lampadia
Hoy, en el Perú, los niños se han levantado para empezar sus clases… nuevamente frente a una pantalla. No por una innovación pedagógica ni por una decisión educativa; sabemos ya de varios países que han limitado esto. Sino porque, una vez más, el país ha decidido que la educación puede y debe esperar.

Tenemos pues, que frente a una crisis energética, la solución parece haber sido la de siempre: que la comunidad educativa se adapte. Que los niños se conecten desde casa. Que los docentes reorganicen todo. Que las familias resuelvan como puedan. Que las escuelas, otra vez, cedan.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Por qué siempre es la educación la que se sacrifica primero?
Sería importante, además, en este caso puntual entender cómo se llegó a esta conclusión.
¿De qué manera se ha determinado que trasladar las clases a la virtualidad tendrá un impacto real y significativo en la crisis energética?
¿Dónde están las explicaciones que permitan comprender esta decisión?
Y, sobre todo,
¿Por qué recurrir nuevamente a la educación antes que a otros sectores claramente menos esenciales?
¿No habría sido posible limitar temporalmente el funcionamiento de clubes, centros recreacionales u otros espacios de alto consumo energético antes de afectar el normal desarrollo del año escolar?
Cuando hay huelgas, cuando hay inseguridad, cuando golpean los fenómenos climáticos o cuando surgen emergencias, la respuesta parece repetirse con inquietante facilidad: que la educación se ajuste, que la educación espere, que la educación se acomode.
Algo, como sociedad, hemos dejado de entender. Hemos perdido la capacidad de distinguir entre lo urgente y lo verdaderamente esencial. Porque la educación no es un servicio accesorio que puede moverse o postergarse según convenga. Es uno de los pilares sobre los que se construye el futuro de un país.
Tratar así a la comunidad educativa —a los niños, a los docentes, a las familias— no solo es injusto. Es también profundamente irrespetuoso. Revela una sociedad que exige mucho de su educación, pero que al mismo tiempo la considera prescindible cada vez que surge una dificultad.
Un país que acostumbra a interrumpir la educación de sus niños cada vez que enfrenta una crisis no solo está gestionando mal el presente. Está hipotecando su futuro.
Porque cuando una sociedad decide, una y otra vez, que la educación puede esperar, lo que en realidad está diciendo es algo mucho más grave: que el futuro de sus niños también puede hacerlo. Lampadia






