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Lima-Perú, 05/06/2019 a las 09:06am. por Lampadia

Producto de la globalización

Desarrollo humano es más igualitario

La prosperidad económica provista por la globalización y el libre comercio sigue expresándose en mejoras sustanciales de diversos indicadores de bienestar mundiales, que incluyen el PBI per cápita, los ingresos reales de los hogares, el empleo e inclusive la calidad de este (Ver en Lampadia: Recuperando lo mejor del capitalismo, Auge de empleo en países ricos, EEUU: Crecen salarios de los menos remunerados, Retomemos el libre comercioOtra mirada al mito de la desigualdad). Hasta en aquellos indicadores, que podrían considerarse de corte más social, como el Índice de Desarrollo Humano (en adelante, IDH) – compuesto por no solo el PBI per cápita, sino también por los años de escolarización y la esperanza de vida – se ve reflejada una notable mejora, prácticamente en todas las regiones del globo. Ello ha permitido que, en este indicador, los países de menores ingresos se nivelen con aquellos más desarrollados, un hecho que se ve reflejado en el siguiente gráfico que muestra cómo ha caído notablemente la desigualdad del IDH en los últimos 100 años.

Fuente: Juan Ramón Rallo – El Confidencial (2018)

Esta es el principal mensaje que deja un artículo escrito en el 2018 – con mucha vigencia aún - por Juan Ramón Rallo - profesor de Economía de la Universidad Francisco Marroquín y uno de los principales exponentes del liberalismo en España - y publicado en el blog de opinión El Confidencial (ver artículo líneas abajo). Ello en contra de todos los críticos y académicos que actualmente pululan en diversos medios especializados (ver Lampadia: Trampa ideológica, política y académica) que – haciéndose los ciegos y despistados - desacreditan estos avances de los procesos arraigados a la globalización y ponen en tela de juicio al mismo sistema capitalista.

Confiamos en que difundir este tipo de evidencias reconfirman nuestro compromiso de hacer frente a estos embates ideológicos, que, lamentablemente, aprovechan la coyuntura política internacional – Guerra Comercial EEUU-China, Brexit, Socialismo del Siglo XXI, por destacar los más importantes - para asentarse en la agenda de los gobiernos y de la academia. Lampadia

Desigualdad de desarrollo humano: un siglo reduciéndose

En contra del manido discurso de los agoreros catastrofistas, el mundo no va a peor. Va a mejor cada vez para un mayor número de sociedades.

Juan Ramón Rallo
El Confidencial
11 de mayo, 2018
Glosado por
Lampadia

La renta per cápita de Singapur es de 85,500 dólares internacionales: muy superior a la de Suecia (46,800 dólares internacionales) o a la de Finlandia (40,400 dólares internacionales). Pero “alto ahí” —se suele objetar— “lo realmente relevante para aproximar el bienestar de una sociedad no es su renta per cápita, sino su índice de desarrollo humano (IDH)”. Dejando de lado que el IDH de Singapur (0,925) también sea superior al de Suecia (0,913) y al de Finlandia (0,895), la réplica contiene una objeción potencialmente relevante: los ingresos que recibe un ciudadano no miden todos los aspectos que influyen en su calidad de vida (aunque sí correlaciona muy bien con casi todos ellos); en consecuencia, puede ser conveniente utilizar otros parámetros complementarios —como el IDH— para conocer el grado de desarrollo de esa sociedad.

Sin embargo, semejante objeción no suele plantearse contra muchos de los indicadores habituales de desigualdad, los cuales tratan de medir el grado de dispersión de los ingresos dentro de un país. ¿Por qué la renta no nos sirve para conocer el grado de desarrollo de una sociedad pero sí como base para cuantificar su desigualdad? Un más que probable motivo es la carga ideológica que incorporan muchas de esas críticas: si quieres empeñarte en demostrar que el mundo va a peor, entonces deberás desdeñar aquellos marcadores que evolucionan en una buena dirección (como el crecimiento sostenido de la renta per cápita a escala global) y, al tiempo, abrazar aquellos que evolucionan aparentemente mal (como el aumento de la desigualdad de ingresos dentro de muchos países).

Un mínimo ejercicio de coherencia, empero, debería llevarnos o bien a aceptar la información que nos proporciona el sostenido incremento de la renta per cápita en prácticamente todo el mundo durante el último medio siglo o bien a elaborar indicadores alternativos de desigualdad que no contemplen solo la desigualdad de renta sino, por ejemplo, la desigualdad en el índice de desarrollo humano.

El economista Leandro Prados de la Escosura acaba de publicar un ensayo en el que trata de medir la desigualdad mundial del índice de desarrollo humano entre 1870 y 2015. El resultado es evidentemente llamativo: mientras que la desigualdad de la renta per cápita entre países aumentó cuasi ininterrumpidamente desde 1870 a 1990, la desigualdad del IDH comenzó a descender sostenidamente desde comienzos del siglo XX. Las diferencias no son menores: si tomamos como punto de partida la renta per cápita, deberíamos sostener que el siglo XX fue un siglo de desarrollo polarizado por el aumento permanente de la desigualdad; tomando el IDH, en cambio, deberíamos afirmar que el siglo XX fue un siglo de desarrollo convergente debido a unas diferencias cada vez más estrechas en el bienestar de las distintas sociedades.

Como es sabido, el índice de desarrollo humano se compone de tres indicadores: la renta per cápita, los años de escolarización y la esperanza de vida. Por tanto, si hasta finales del siglo XX la desigualdad de la renta per cápita entre países no se estrechó (sino que mantuvo una trayectoria ascendente) y, en cambio, el IDH se redujo de manera ininterrumpida, por necesidad habrá de ser porque la desigualdad en la esperanza de vida y en los años de escolarización se hundió a lo largo del siglo XX. Y, en efecto, así fue.

Por un lado, la desigualdad entre países en años de esperanza de vida se redujo desde la década de los treinta hasta finales del siglo XX (momento en el que ha experimentado un muy leve repunte).

Por otro, la desigualdad en los años de escolarización también ha ido reduciéndose sin pausa desde el inicio de la Primera Guerra Mundial y hasta la actualidad.

Por supuesto, caben interpretaciones muy diversas sobre las causas de esta reducción global de la desigualdad en el desarrollo humano. Los socialdemócratas tenderán a pensar que se debe a la progresiva extensión del Estado de bienestar: la gradual implantación de la educación y de la sanidad públicas habrían logrado mejorar la esperanza de vida y el acceso a la enseñanza. En cambio, los liberales tenderán a asociarlo al proceso de globalización: la expansión mundial de la división del trabajo y la internacionalización de la tecnología han contribuido a elevar los ingresos de cada vez más ciudadanos en todos los puntos del orbe (cosa que, en efecto, ha sucedido), lo que les ha permitido costearse (ya sea directamente o indirectamente a través del Estado de bienestar) el acceso a una mejor sanidad y una mejor educación.

Sea como fuere, lo cierto es que en contra del manido discurso de los agoreros catastrofistas, el mundo no va a peor. Va a mejor cada vez para un mayor número de sociedades. Y, por eso, la desigualdad internacional del desarrollo humano lleva más de un siglo disminuyendo. Lampadia

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