Fragmentación y las dos lógicas del voto
Vidal Pino Zambrano
Desde Cusco
Para Lampadia
Las recientes elecciones en el Perú permiten una lectura más precisa si combinamos el enfoque de Susan C. Stokes sobre clientelismo con la evidencia del comportamiento electoral.

Más que un escenario sin ideologías, lo que observamos es una política donde coexisten dos lógicas: una estructurada, apoyada en redes territoriales consolidadas, y otra volátil, fragmentada y dependiente del contexto.
Fujimorismo: la ventaja de la organización
El caso de Keiko Fujimori ilustra la primera lógica. A diferencia de la mayoría de candidaturas, el fujimorismo mantiene una estructura nacional construida durante décadas, con operadores, cuadros territoriales y capacidad de movilización sostenida. En un sistema altamente fragmentado, esta ventaja resulta decisiva.
Fujimori no solo capitaliza su base histórica, sino que se beneficia de la dispersión del voto en la derecha y el centro. Sectores representados por APP, Podemos, Avanza País e incluso parte del electorado de López Aliaga terminaron compitiendo entre sí, debilitándose mutuamente. Esta fragmentación no solo redujo la competitividad de estas alternativas, sino que permitió al fujimorismo consolidarse como la opción con mayor capacidad de conversión electoral.
Desde el enfoque de Stokes, esto responde a una combinación de identidad política, memoria histórica y capacidad de intermediación territorial. Sus redes no solo movilizan votantes, sino que sostienen presencia local y refuerzan la percepción de viabilidad, clave en contextos de incertidumbre.
La derecha fragmentada: dispersión y pérdida de presencia
En contraste, la derecha no fujimorista, y parte del centro, refleja una lógica de fragmentación y voto contingente. Sin estructuras sólidas ni identidades partidarias consistentes, estas candidaturas han dependido de liderazgos individuales y coyunturas favorables.
El resultado es un voto disperso y altamente volátil, donde pequeñas diferencias definen el pase a la segunda vuelta. Esta dinámica ha golpeado especialmente a López Aliaga, cuya candidatura no logró consolidarse y hoy disputa voto a voto su clasificación frente a Sánchez.
Al mismo tiempo, esta dispersión ha favorecido a Fujimori, quien, gracias a su organización, ha capitalizado un escenario donde sus competidores se neutralizan entre sí. Así, la política deja de ser acumulativa y se vuelve episódica: las candidaturas compiten por momentos de atención más que por construir bases duraderas.
La izquierda: memoria y representación
En el bloque de izquierda, la dinámica es distinta. Tras una fase inicial dispersa, se consolidó el espacio de Juntos por el Perú. La candidatura de Roberto Sánchez activó una memoria política reciente vinculada al gobierno de Pedro Castillo, generando conexión con sectores rurales y populares.
Más que una propuesta programática, emerge una reactivación emocional y territorial. El vínculo político se construye desde la cercanía, la identidad y las expectativas de inclusión: la idea de que el poder puede volver a representar a sectores históricamente excluidos.
El caso Nieto: voto emocional-reflexivo
La candidatura de Jorge Nieto introduce algo nuevo. Sin estructura territorial ni redes consolidadas, logró captar un segmento mediante un voto emocional-reflexivo.
Se trata de ciudadanos que buscan equilibrio y moderación, rechazando la polarización extrema. Este apoyo no se basa en movilización territorial ni en identidad fuerte, sino en una evaluación crítica del contexto y en el deseo o esperanza de algo diferente en la política.
A diferencia de Sánchez, cuyo apoyo se articula desde lo territorial y simbólico (pasear el sombrero), el voto de Nieto responde a una demanda por institucionalidad.
Conclusión: estructuras débiles, política contingente
Estas dinámicas muestran que el problema central no son las ideas, sino la fragilidad de las estructuras que les dan soporte.
Donde existen organizaciones mínimamente constituidas, como en el caso del fujimorismo, la votación se traduce en capacidad real de acumulación y conversión electoral. Donde no, el voto se vuelve errático, volátil y profundamente dependiente del contexto.
La lección es clara: en el Perú contemporáneo, la competencia ya no se define principalmente por propuestas, y menos aún por ideologías, sino por la capacidad de articular organización, presencia territorial extendida y una narrativa emocional, ya sea de rechazo o de evocación.
Entender esta lógica, como sugiere Stokes, es fundamental no solo para explicar quién gana elecciones, sino para comprender cómo se configura, y también cómo se erosiona, la representación política en el país.
En el fondo, la votación no es la política: es apenas su expresión final.
La política real se juega antes, en presencia territorial, en contactos y redes y en la capacidad de construir vínculos efectivos con la ciudadanía.
Lampadia






