Vidal Pino Zambrano
Para Lampadia
En el Perú, desde el retorno de la democracia en los años ochenta, casi cada proceso electoral termina produciendo una sensación común: frustración, enojo y desconfianza. Elegimos autoridades con esperanza y, poco tiempo después, vuelve la decepción.

La pregunta aparece una y otra vez: ¿cómo es posible que terminemos votando por líderes que no cumplen lo prometido o que no parecen realmente preparados para gobernar?
La discusión política suele presentarse como una confrontación entre izquierda y derecha. Sin embargo, ese no siempre es el verdadero dilema. En muchos momentos de crisis, la sociedad no se divide tanto por ideologías sino por algo más profundo: dos formas distintas de entender el liderazgo y de enfrentar los problemas de la sociedad.
De un lado, está el liderazgo institucional, que reconoce la complejidad de los problemas y apuesta por fortalecer las reglas del Estado de derecho, las instituciones y la cooperación social.
Del otro, aparece el liderazgo inmediato, que promete soluciones rápidas, identifica culpables claros y ofrece respuestas simples a problemas complejos; en su versión más extrema, lo que tradicionalmente se conoce como demagogia.
Ese es, en realidad, uno de los dilemas más recurrentes de la política contemporánea.
El liderazgo que construye instituciones
Los seres humanos no se organizan como otros animales sociales.
En grupos como los chimpancés o los lobos, las jerarquías suelen basarse en la fuerza o en la dominación del macho alfa, el más bravo. En cambio, las sociedades humanas necesitan coordinar a miles o incluso millones de personas que ni siquiera se conocen entre sí. Esa es, en buena medida, la razón de ser de la política.
El historiador Yuval Noah Harari explica que esta capacidad se basa en algo particular de nuestra especie: la posibilidad de creer en ideas compartidas. Conceptos como el Estado de derecho, la ley, la democracia o la nación no existen como objetos físicos, pero son fundamentales para organizar la vida colectiva y atraer el compromiso de millones de personas que creen en ellos al mismo tiempo.
El liderazgo institucional se construye precisamente sobre esa base. No busca imponer una voluntad personal, sino fortalecer las reglas que permiten la cooperación social. Reconoce que problemas complejos, como: la corrupción, la inseguridad, la informalidad económica, la productividad o la debilidad del sistema judicial, no se resuelven con una sola medida ni con una sola persona, son tareas colectivas.
Este tipo de liderazgo propone reformas progresivas y realistas, construcción de instituciones y soluciones de largo plazo. No promete milagros inmediatos, sino procesos que requieren tiempo, acuerdos y persistencia. Ese es el ideal de liderazgo y de sus equipos para construir una democracia madura.
El atractivo de las respuestas simples
Sin embargo, en momentos de crisis prolongadas, como la que vivimos, aparece y gana atractivo el liderazgo simplificador. Cuando una sociedad vive largos periodos de incertidumbre: inestabilidad política, corrupción persistente, inseguridad creciente o improvisación en el gobierno y el aprovechamiento de los cargos públicos la paciencia colectiva se reduce. La frustración se acumula y el deseo de soluciones rápidas aumenta.
En ese contexto, las explicaciones complejas pierden atractivo. Las reformas institucionales parecen demasiado lentas. Entonces surge el líder demagogo que promete decisiones rápidas, cambios aparentemente radicales o soluciones inmediatas. No necesariamente porque tenga la capacidad real de resolver los problemas, sino porque transmite una sensación de control de la situación y trasmite seguridad.
Desde el punto de vista psicológico, esta reacción es comprensible. Cuando las personas sienten miedo o incertidumbre, tienden a decidir de forma más emocional e intuitiva. La necesidad de seguridad pesa más que el análisis detallado.
Imaginemos un grupo perdido en una montaña. Una persona propone detenerse, revisar el mapa y analizar con calma la situación. Otra afirma con seguridad: “Síganme, yo sé por dónde ir; conozco perfectamente el sendero”. Aunque la segunda persona no tenga realmente claro el camino, es probable que muchos la sigan. En momentos de incertidumbre, la sensación seguridad resulta más convincente que la prudencia y la objetividad.
Crisis permanente y liderazgo inmediato
Lamentablemente, el Perú lleva varios años viviendo una sensación de crisis permanente: presidentes que no terminan sus mandatos, corrupción extendida, inseguridad creciente y una profunda desconfianza hacia las instituciones.
En un entorno así, el electorado no siempre busca al líder más preparado, sino al que transmite mayor determinación.
Frases simples como “cambio de Constitución”, “mano dura”, “cerrar el Congreso”, “refundar el país” o “pena de muerte para todos los corruptos” generan un impacto emocional inmediato. Aparentemente, son mensajes claros, fáciles de entender y fáciles de repetir.
Las reformas institucionales, en cambio, requieren explicación, paciencia y tiempo. Y en una sociedad cansada de esperar, ese tipo de discurso suele resultar menos atractivo.
Por eso, en muchos contextos de crisis, el liderazgo inmediato termina teniendo ventaja sobre el liderazgo institucional.
Partidos débiles y política personalista
Esta dinámica se intensifica cuando los partidos políticos son débiles. En nuestro país, muchas organizaciones políticas carecen de estructuras sólidas, equipos técnicos permanentes o identidades ideológicas claras. Funcionan más como plataformas electorales alrededor de una figura en lugar de apostar por instituciones duraderas.
Cuando la política depende tanto de individuos, el carisma y la visibilidad pesan más que la preparación o la capacidad de construir equipos. Así, el sistema termina favoreciendo a quienes transmiten confianza y promesas rápidas, aunque no necesariamente tengan la capacidad de sostenerlas.
Medios, redes y política como espectáculo
El entorno mediático actual también amplifica esta tendencia. Las redes sociales premian los mensajes breves, emocionales y confrontacionales. Los discursos complejos se difunden con dificultad, mientras que los eslóganes simples se viralizan con facilidad.
A pocas semanas de las elecciones, la política parece orientarse cada vez más hacia la confrontación y el espectáculo. En ese escenario, quien ataca con mayor ferocidad y habla con mayor simplicidad suele captar más atención que quien intenta explicar, con matices, la complejidad de los problemas.
Más allá de la izquierda y la derecha
Por eso, el verdadero dilema político muchas veces no es entre izquierda y derecha. El dilema es entre dos formas de liderazgo:
una que reconoce la complejidad de los problemas y apuesta por fortalecer instituciones, y
otra que ofrece respuestas inmediatas que pueden resultar atractivas en el corto plazo, pero que rara vez resuelven los problemas de fondo.
El primero representa el ideal de una democracia madura. El segundo responde mejor a las emociones del momento y sabe aprovechar el hartazgo social en contextos de crisis prolongada. En ese ambiente, con frecuencia, los electores terminan inclinándose por la segunda opción.
La decisión del elector
Entender esta dinámica no significa resignarse a ella. Si bien queda poco tiempo, todavía podemos hacer que esta elección se convierta en una decisión colectiva sobre el tipo de liderazgo que estamos dispuestos a seguir.
Los líderes no aparecen por casualidad: emergen del tipo de sociedad que los respalda. Si premiamos los discursos simples y las promesas inmediatas, ese tipo de liderazgo seguirá dominando la política. Si, en cambio, empezamos a valorar la preparación, la honestidad, los equipos técnicos y el fortalecimiento institucional, el liderazgo también puede cambiar.
En el fondo, cada elección no solo decide quién gobierna. También define qué tipo de políticos estamos dispuestos a aceptar como sociedad. Lampadia






