Natale Amprimo
El Comercio, 4 de marzo del 2026
“Si nuestra clase política tuviese una visión menos egoísta, habría convenido una tregua y reconocido la invitación a De Soto”.
Tengo la sensación de que la no juramentación de Hernando de Soto como presidente del Consejo de Ministros –más allá de las inaceptables y poco elegantes formas del desenlace– no se debió a un supuesto engaño del actual inquilino de Palacio, sino a que José María Balcázar olió la posibilidad de ser uno más de los presidentes retirados por el Congreso.
Veamos: creo que Balcázar le ofreció el puesto a De Soto convencido de dos cosas: primero, que la derecha/centro derecha tiene mayoría en el Congreso y él es consciente de que su elección se debió, principalmente, a la irresponsable actitud de sus bancadas trenzadas en ataques de campaña que, sin madurez y visión de país, los llevó a no realizar una mínima coordinación para elegir a un candidato potable, de consenso y con simpatía en el interior del Legislativo, pues, de haberlo hecho, Balcázar no sería el elegido (increíblemente escuché muy sueltos de huesos a ‘líderes’ de los partidos allí representados que aspiran a gobernarnos, decir: “Cómo íbamos a conversar si estábamos en un clima de puros ataques”; ¡como si el Perú no se mereciese una tregua!). Segundo, los medios y la derecha/centro derecha celebrarían la designación de De Soto y, por tanto, dejarían de ocuparse de los cuestionamientos que pesan sobre Balcázar, pues desaparecerían los miedos y se generaría un clima de concordia o, al menos, se esfumaría la posibilidad de una nueva crisis presidencial.
En cuanto a esto último, creo que también De Soto pensó ello y debe haber quedado muy sorprendido cuando notó que los medios y políticos en contienda no celebraron nada y, por el contrario, en esa ya tradicional conducta cainita, también cargaron las tintas contra él.
Sin duda, un Gabinete encabezado por De Soto e integrado por personas reconocidas y que permitan una llegada al cambio de gobierno sin sobresaltos –una suerte de albaceas en cada ministerio, sin interés por impulsar grandes cosas, conscientes de lo que les toca en las actuales circunstancias y tiempos del país–, desinflaría la idea del caos y, en cierta forma, amenguaría esta campaña de ataques cruzados a varias bandas en la que se ha convertido el debate político hoy, y del que, al parecer, algunos participan con gran satisfacción y entusiasmo, pues parece que su máxima virtud es el agravio.
Entonces, Balcázar debe haber dicho, visto el panorama: “De Soto no me ha traído tranquilidad y, por el contrario, a pesar de que aún no se ha revelado quiénes serían los integrantes de su Gabinete, ya no solo se anuncia que no le darán el voto de confianza, sino que incluso se está hablando de una nueva censura presidencial. En ese sentido, mejor me quedo con los que, al menos, me dan una mayor estabilidad y, por tanto, chau, De Soto”.
Como se ve, queda claro que el Perú está convertido en una suerte de Túpac Amaru, jalado de sus extremidades, en la que cada quien busca llevarse el mejor trozo sin importarle cómo ello repercute en el país y cómo se le percibe fuera.
Si nuestra clase política tuviese una visión menos egoísta, habría convenido una tregua y reconocido la invitación a De Soto, que además hubiera permitido mejorar nuestra imagen internacional. Me extraña que hasta ahora ninguno de los candidatos diga aquello que muchos quisiéramos oír: ¡ya basta de tanto agravio!






