Urpi Torrado
El Comercio, 29 de enero del 2026
“La historia reciente confirma que el ‘outsider’ es una excepción, no la regla”.
El 65% de los peruanos afirma que preferiría a un candidato que venga de fuera del sistema político tradicional. Esta expectativa ayuda a explicar por qué casi uno de cada dos ciudadanos sigue indeciso a pocos meses de las elecciones y por qué, incluso entre quienes ya mencionan a algún candidato, la decisión es frágil y reversible. La volatilidad del voto es una señal clara de que la oferta electoral aún no logra responder a lo que la gente espera.
Un ‘outsider’ es, en términos simples, alguien que no proviene de los partidos tradicionales ni ha hecho carrera en la política. Se presenta como ajeno a la ‘clase política’ y busca encarnar una ruptura con lo conocido. Su fuerza no radica en la experiencia institucional, sino en la promesa de cambio, frescura y distancia respecto de un sistema que muchos perciben como corrupto, ineficiente y desconectado de la realidad.
Pero esta búsqueda de rostros nuevos no significa que “cualquiera” pueda ocupar ese lugar. El electorado no está pidiendo improvisación, sino una combinación específica de atributos. El primero es la integridad. Para la mayoría de peruanos, un ‘outsider’ debe estar libre de denuncias, investigaciones o sentencias, no solo por corrupción, sino también en su vida privada. Acusaciones de violencia familiar, incumplimiento de pensiones alimenticias o conductas éticamente cuestionables pesan tanto como un caso judicial.
El segundo atributo es el liderazgo. El candidato ideal no solo debe ser honesto, sino capaz de “poner orden”. La demanda por mano dura expresa el deseo de que las reglas se cumplan, de que las promesas se conviertan en hechos y de que el Estado funcione. No se trata únicamente de castigar, sino de hacer que las cosas pasen: obras que se ejecuten, servicios que mejoren, problemas que se resuelvan. El país busca una figura que combine autoridad con eficacia.
La brecha entre lo que se busca y lo que se ofrece es, hoy, evidente. Ningún candidato logra encarnar plenamente ese perfil. Autoproclamarse firme u honesto no funciona. En un contexto de desconfianza estructural, esas afirmaciones requieren ser creídas, y para ello deben ser coherentes, sostenidas y demostrables.
Aquí aparece una limitación clave. El bajo nivel de conocimiento de los candidatos restringe severamente las opciones. De los 36 evaluados, solo seis son conocidos por más del 50% de los electores. Difícilmente alguien votará por quien no reconoce. Así, aunque se busque a alguien nuevo, el voto termina concentrándose entre los pocos nombres familiares.
La historia reciente confirma que el ‘outsider’ es una excepción, no la regla. Desde 1980, cuando Datum inició sus mediciones políticas, solo dos figuras pueden considerarse ‘outsiders’ que llegaron a la presidencia: Alberto Fujimori y Pedro Castillo. Ambos emergieron en contextos de crisis profunda y deslegitimación del sistema, capitalizando un rechazo que no encontraba canal en la oferta tradicional. No fueron producto de una planificación, sino de una ruptura.
Al mismo tiempo, existe un 29% del electorado que prefiere un candidato con experiencia política, incluso si arrastra cuestionamientos. En un escenario de voto fragmentado, este grupo no es marginal. Representa una lógica distinta, la del “mal conocido” frente al “bien por conocer”.
El resultado es un mercado electoral tensionado entre dos impulsos: la búsqueda de algo radicalmente nuevo y la inclinación por lo ya probado. En ese espacio se mueven la indecisión y la volatilidad. El ‘outsider’ que la mayoría anhela no ha aparecido con claridad. Mientras eso no ocurra, el electorado seguirá mirando, dudando y postergando su decisión.
En las próximas semanas no bastará con observar cómo se mueve la intención de voto; será igual de relevante seguir otras preguntas que permitan entender mejor el perfil de los candidatos y evaluar si alguno logra, finalmente, acercarse a la demanda de un electorado que busca algo distinto.






