Luis Romero
El Comercio, 5 de abril del 2026
“En estas elecciones, lo principal será informarnos, involucrarnos e interesarnos tanto por lo que el país necesita como por aquello que los candidatos proponen”.
Todos hemos escuchado la frase con la que John F. Kennedy inició su gestión hace 65 años: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”. La cita, por lo mucho que se ha repetido desde que se pronunció, corre el riesgo de consolidarse como un lugar común, pero haríamos mal en perder de vista su significado. Sobre todo con las elecciones a una semana de distancia, es importante que tomemos en cuenta la manera en la que esta describe el rol y la responsabilidad que debemos asumir como ciudadanos.
El principal error que se comete con respecto a la democracia es entenderla únicamente como un mecanismo de elección. Como la promesa (aunque importante) de que cada cinco años acudiremos a las urnas para elegir a nuestras autoridades. Esta es, más bien, un sistema de gobierno: una forma de conducir el país cuyo valor está en empoderar a las personas mientras protege las libertades que les son inherentes y donde la existencia de pesos y contrapesos evita la concentración y abuso de poder.
En ese sentido, no hablamos de algo que se activa cada cinco años, sino de una continuidad que debe ser garantizada por instituciones sólidas (el Congreso, el Ejecutivo, el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, etc.), pero también por personas conscientes de sus deberes y de su capacidad de involucrarse.
El voto es, en gran medida, una de las expresiones más claras de lo anterior. Es la manera más directa para canalizar nuestra potestad como ciudadanos, pero también debería ser la consecuencia de un proceso consciente de participación, recopilación de información, evaluación de las necesidades del país, deliberación y, eventualmente, de decisión.
No puede ser –y aquí volvemos a la frase de Kennedy– un acto de consumo donde elegimos a partir de qué nos darán nuestros nuevos gobernantes (una lógica que nos hace susceptibles al populismo), sino más bien un momento en el que pensamos: “¿Qué estoy haciendo por el Perú al optar por tal o cual candidato?”.
Y los últimos años nos dan algunas ideas sobre cómo debemos empezar a responder esta última pregunta. Seguimos siendo un país lleno de oportunidades y de fortalezas (tanto por su gente como por sus recursos naturales), pero también uno que en los últimos 10 años ha pasado por múltiples crisis políticas que han debilitado su institucionalidad. En ese sentido, lo mejor que podemos hacer por nuestro país el 12 de abril es optar por el desarrollo y el fortalecimiento, no solo de nuestra economía, sino también de todos los componentes que permiten la continuación de nuestra democracia y la construcción de estabilidad y predictibilidad.
Esta base es fundamental para todo lo que queremos lograr: reducir la pobreza, lograr servicios públicos de calidad (seguridad, educación y salud, por ejemplo), dar empleo formal y, en general, mejorar las vidas de todos los peruanos. Todo ello de la mano de más crecimiento económico impulsado por la inversión privada.
Así las cosas, ¿qué podemos hacer por el Perú? En estas elecciones, lo principal será informarnos, involucrarnos e interesarnos tanto por lo que el país necesita como por aquello que los candidatos proponen: tenemos que invertir tiempo en emitir votos alineados con lo que queremos lograr en el largo plazo. Sin embargo, también será clave que esta atención no termine con el proceso electoral y que aceptemos que el ejercicio de la democracia es cosa de todos los días y de todos los peruanos.






