Ian Vásquez
El Comercio, 17 de marzo del 2026
“Ojalá el cambio en Cuba signifique una transición democrática. Pero Cuba no es Venezuela”.
Falta poco para que Cuba cambie. El viernes pasado, el dictador Miguel Díaz-Canel confirmó que el régimen ha estado en conversaciones con el Gobierno Estadounidense para “identificar cuáles son los problemas bilaterales que necesitan una solución a partir de la gravedad que tienen”.
Traducción: ante el colapso total de la economía cubana, Estados Unidos está dictando al régimen cómo serán esos cambios políticos y económicos en la isla. A La Habana le incentiva todavía más “conversar” con su vecino del norte el hecho de que hace menos de tres meses Washington realizó una intervención militarmente exitosa en Venezuela que podría servir de modelo en Cuba.
En realidad, no hace falta ningún empujón de Estados Unidos. El comunismo cubano, como todo comunismo, estaba destinado a fracasar y lo ha estado haciendo por décadas. Ha sobrevivido únicamente porque recibió subvenciones masivas desde afuera.
Primero, tal ayuda vino de la Unión Soviética. Cuando fracasó ese país, Cuba perdió su subsidio y la economía se contrajo por alrededor de 35% a principios de los noventa. El socialismo bolivariano de Hugo Chávez luego vino al rescate. Pero en la medida que la economía venezolana también colapsaba –se contrajo por 75% desde el 2013– los subsidios a la isla se redujeron drásticamente.
Según muchos cubanos y otros observadores, en los últimos años, Cuba ha estado viviendo su peor crisis desde que se impuso la revolución en 1959. Las penurias han sido tales que, en el 2021, por primera vez desde que se inició la revolución, hubo un levantamiento nacional y masivo. El pueblo expresó en las calles su deseo de libertad. La represión brutal con la que el régimen respondió sigue hasta hoy.También ha empeorado la escasez hasta volverse aguda. Hay falta de comida, de agua y de electricidad; los apagones son extensos y cada vez más largos y a veces se dan a nivel nacional, impidiendo la conservación de alimentos, el comercio y el funcionamiento de una vida mínimamente moderna. Los servicios públicos, como el transporte, han colapsado. La basura no se recoge, se amontona en las calles, estimulando así un brote de enfermedades que el sistema de salud no tiene la capacidad de atender.
Que el presidente Trump ha acelerado en algo el deterioro cubano al terminar con su recibo de petróleo subsidiado no cambia en nada el rumbo del país caribeño o el hecho de que el comunismo cubano se está derrumbando por su propio peso.Cuba cambiará, pero no sabemos cómo. No sabemos qué plan tiene el gobierno de Trump respecto a Cuba, si es que tiene un plan. ¿Se contentará con un cambio de liderazgo que mantiene al régimen en el poder siempre y cuando cumpla con algunas órdenes como parece ser el caso hasta ahora en Venezuela? ¿O buscará reformas políticas y económicas profundas?
Ojalá el cambio en Cuba signifique una transición democrática. Pero Cuba no es Venezuela. Después de más de 65 años de un castrismo que nunca permitió ni siquiera ideas distintas a las del Partido Comunista, no existe una oposición organizada a nivel nacional y con líderes reconocidos y avalados en las urnas. Si Trump no ha mostrado mucho entusiasmo por una transición en Venezuela, ¿por qué lo tendría en el caso de Cuba?
No obstante, sí existen disidentes cubanos valientes y conocidos, como Rosa María Payá. Ella tiene toda la razón cuando dice que el pueblo cubano “tiene que ser el protagonista de su liberación”. Junto con numerosos disidentes y organizaciones opositoras cubanas en la isla y en el exilio, ha promulgado el Acuerdo de Liberación, que busca “devolver al pueblo cubano su soberanía” y que propone convocar elecciones libres, liberar a presos políticos y reestablecer derechos básicos. El fin de la dictadura es clave.
Esa es la hoja de ruta que debe marcar el cambio cubano.






