David Tuesta
Perú21, 5 de marzo del 2026
«La economía peruana mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos, pero no está aislada del mundo».
La economía global se mueve en ciclos que los economistas tratamos de explicar con variables relativamente conocidas: inflación, tasas de interés, productividad o términos de intercambio. Sin embargo, cada cierto tiempo la historia recuerda que existe otro factor capaz de alterar rápidamente cualquier pronóstico: la geopolítica. La reciente escalada del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a colocar al Medio Oriente en el centro de las preocupaciones económicas globales. En un contexto de flujos económicos profundamente interconectados, los conflictos militares se transmiten rápidamente a los mercados financieros, a los precios de la energía y, finalmente, al crecimiento económico.
El primer canal de transmisión suele ser financiero. Cuando aumenta la incertidumbre global, los inversionistas reducen su exposición al riesgo. Los mercados bursátiles corrigen, los capitales buscan refugio en activos considerados seguros —como los bonos del Tesoro estadounidense o el oro— y las monedas de economías emergentes tienden a depreciarse. Con ello, el ambiente huele más a incertidumbre, afectando decisiones de inversión, crédito y consumo.
El segundo canal es el energético. Irán ocupa una posición estratégica en el mercado petrolero global y, sobre todo, en el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo. Cuando el riesgo de interrupción del suministro aumenta, los precios reaccionan rápidamente. El petróleo sigue siendo un insumo transversal para la economía mundial, por lo que el hipo de precios se transmite al transporte, la logística, la producción industrial y el costo de vida. Si este shock se hace persistente, entonces el mundo podría terminar en otro de los complejos episodios de inflación global y desaceleración económica.
Este riesgo aparece además en un momento particular para la economía mundial. Tras el ciclo inflacionario posterior a la pandemia, los principales bancos centrales venían consolidando un proceso gradual de normalización monetaria. Un repunte sostenido de los precios de la energía podría retrasar ese proceso, obligando a mantener tasas de interés más altas durante más tiempo.
Hasta antes de esta escalada, las perspectivas para 2026 y 2027 se apoyaban en un escenario relativamente favorable: crecimiento global cercano al 3%, inflación descendente y condiciones financieras más benignas. Una prolongación del conflicto podría alterar ese equilibrio, introduciendo un nuevo shock de costos y elevando la volatilidad en los mercados internacionales.
Para el Perú, los efectos se manifestarían principalmente a través de tres canales. El primero es financiero: mayor volatilidad cambiaria y episodios de salida de capitales desde economías emergentes. El segundo es inflacionario. El Perú es importador neto de combustibles refinados, por lo que un aumento sostenido del petróleo se trasladaría relativamente rápido a los precios de combustibles, transporte y algunos alimentos. Y el tercero es el crecimiento. Un entorno global más incierto y con mayores costos energéticos suele moderar el comercio mundial y la inversión.
En síntesis, la economía peruana mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos, pero no está aislada del mundo. Cuando la geopolítica sacude la economía global, incluso las economías estables sienten sus efectos. En ese contexto, la prudencia macroeconómica y la estabilidad institucional —que últimamente escasea en el país— siguen siendo los mejores seguros frente a un entorno internacional cada vez más incierto.






