César Campos Rodríguez
Expreso, 11 de enero del 2026
Decía Jorge Luis Borges que la democracia es un abuso de la estadística cuando se toma la opinión mayoritaria como un valor inequívoco y sentencioso. Su enunciado contradice aquello de vox populi, vox Dei (“la voz del pueblo es la voz de Dios”), cuya referencia está en los viejos textos latinos de la Grecia y Roma proto-republicanas. Y antes de Borges, en el siglo VIII, ya había sido objeto de observación por parte del monje inglés Alcuino de York, quien la utilizó para advertir a Carlomagno respecto a su peligrosa implicancia si se le aceptaba ciegamente.
Creo que a estas alturas del siglo XXI, la legitimidad de un parecer mayoritario en las sociedades occidentales no es el objeto del debate, más aún cuando en un sistema de libertades las empresas encuestadoras toman constantemente el pulso del humor ciudadano sobre diversos temas públicos. El punto es la manera cómo explicamos, interpretamos o traducimos ese parecer mayoritario.
Lo pongo con un ejemplo reciente. Por encargo del diario El Comercio, Datum Internacional recogió que el 71,8 % de compatriotas aprueba la captura del sátrapa Nicolás Maduro por parte de las fuerzas militares de los Estados Unidos, mientras que un 19,8 % se muestra en contra. 8,4 % no sabe ni opina sobre el particular.
Los ángulos de lectura respecto a este resultado son muchos. ¿Dos tercios de peruanos repudian la ideología o el proceder dictatorial de Maduro? ¿Un quinto de los mismos lo apoyaban? ¿Los tercios admiran a Donald Trump y sus discutibles prácticas imperiales? ¿El quinto solo considera inadmisible una invasión armada a un país soberano? ¿Qué parte de los tercios ve la detención de Maduro como el primer paso para la repatriación del casi millón 900 mil venezolanos con el cual disputa los mercados laborales? ¿Qué parte del quinto enarbola las banderas del socialismo del siglo XXI?
Iguales interrogantes, nunca bien respondidas, surgen de las recientes elecciones en América Latina, donde se asegura que las agujas del reloj se mueven hacia la derecha por virtud del discurso libertario antes que por el fracaso de los experimentos izquierdistas. Hay certezas en ello, pero el conjunto del análisis revela que no es una verdad absoluta. En el Perú, muchos perseveran en el equívoco de creer que Pedro Castillo se hizo de la banda presidencial por su retórica de izquierda y no por encarnar con fortuna el asco ciudadano hacia el tabladillo político existente, la condición emergente de los provincianos rurales y la apariencia de honestidad que —hoy lo sabemos— se deshizo en poco tiempo por las prácticas corruptas propias y las de sus familiares.
Tampoco se lee bien la sólida tendencia antisistema del sur peruano, cuyo eje principal es echarle la culpa de todos sus males al centralismo limeño. Cierto es que esa bandera es aprovechada significativamente por la izquierda, pero ello no dibuja toda la compleja cosmovisión de quienes habitan esa zona del país.
No arriesguemos lecturas erradas de lo que nos traerán los sondeos de opinión en esta etapa electoral, limitándola a la brújula derecha-izquierda. Metamos las narices más al fondo en el barril de nuestra contradictoria esencia colectiva.






