Entrevista a Anibal Pepper
Perú21, 19 de febrero del 2026
Mijail Palacios
Antes de aterrizar en Vietnam, escuchó el siguiente mensaje: “Tenemos buenas y malas noticias”. Las buenas, que el tiempo era positivo; y las malas, que el aeropuerto estaba bajo ataque de cohetes enemigos.
Yo me moría de miedo me dice el médico arequipeño Aníbal Pepper, uno de los ocho doctores que fueron llamados para asistir a los enfermos en aquella guerra, donde finalmente realizó unas 400 cirugías.
Apenas aterrizaron, salieron corriendo del avión y se refugiaron en las trincheras, sumergidos en los 45 grados de la selva vietnamita.
El doctor Pepper vive en Estados Unidos. Acaba de hacer una ‘visita de médico’ al Perú, país que dejó hace 57 años y al que ha vuelto 92 veces, sobre todo a Arequipa, la tierra donde se hizo amigo de Alejandro Olmedo, el mayor tenista que hemos tenido en nuestra historia, el único que ganó la Copa Davis y Wimbledon. Y regresa para ver los programas médico-sociales que impulsa y porque busca que el nombre de su amigo no se olvide.
A los 89 años, alista sus memorias, donde es probable que Vietnam y Olmedo tengan capítulos especiales.
Me dice que es parte de cuatro programas médico-sociales. ¿De qué se tratan?
El más importante es que hace 46 años fui fundador de la Unidad de Quemados de Arequipa. Los otros tres proyectos son: una escuelita donde educamos y alimentamos a 250 niños que viven en las faldas del Misti; un programa que se llama Unámonos, que atiende a niños plusválidos; y ayudo al Arzobispado de Arequipa a dar almuerzo diario a 200 ancianos menesterosos.
Tiene 89 años. ¿Por qué lo hace?
Creo que, justamente, por eso estoy tan bien: mi mente está muy bien, sigo enseñando en Arequipa, nunca he perdido mis vínculos. Tengo una deuda con el Perú: aquí me hice médico.
¿Por qué se fue a Estados Unidos?
Un mentor me dijo: “Aníbal, hay más, tienes que ir a Estados Unidos”. Pero yo no tenía los medios económicos. Y vino una situación romántica: conocí a una chica americana que estaba en Arequipa, que era muy buena jugadora de tenis. Fue a mi club. Yo también era bastante buen jugador de tenis. Ahí nos conocimos y comenzó nuestra historia (ríe). Vendí mis libros, mi carrito y mis raquetas de tenis, y con cuatro mil dólares en el bolsillo y mi diploma bajo el brazo me fui a Estados Unidos. Y cuando estaba haciendo dos años más de cirugía, me llamaron al ejército para ir a Vietnam.
¿En algún momento estuvo en riesgo de muerte?
Nuestro hospital estaba bajo tierra. Lo podían bombardear, pero no nos pasó nada. Después me cambiaron a otro hospital, donde atendí a un general. Luego de atenderlo me dijo: “Dr. Pepper, lo que se le ofrezca”. Le pedí que me lleven a un hospital más grande: “Aquí me están desperdiciando”, le dije. Dos días después, me transfirieron a un hospital que tenía 600 camas y ahí sí que trabajábamos como locos. No había horarios. Empezabas a las 7 a.m. y a veces no te ibas a descansar por cuatro días.
¿Ya quería volver a EE.UU.?
No pensaba en regresar, pensaba en sobrevivir. Cuando estaba ahí cayó un cohete en nuestro hospital que mató a 17 pacientes y una enfermera… El Gobierno americano vio que yo había sido un buen cirujano y quisieron que me quede asimilado al ejército. Pero dije no, no me gustaba el ejército.
¿Por qué no fue tenista?
Era un buen tenista, pero nada del otro mundo, comparado con Alejandro Olmedo. Siempre pensé ser médico. La medicina está en los genes de mi familia, donde hay siete generaciones de médicos.
¿Cómo conoció a Olmedo?
Nos conocimos cuando teníamos 11 años, en el Club Internacional. Alejandro Olmedo era un muchachito que había aprendido a caminar y a jugar tenis al mismo tiempo. Era el hijo del que cuidaba las canchas de tenis. Ya era fuera de serie: con 14 años, podía ganar a todos. Se lo llevaron a Lima. Ganó el campeonato nacional de junior. Y comenzó a representar al Perú. La federación peruana trajo a un entrenador americano, que lo vio y dijo: “Tenemos que sacarlo a Estados Unidos”. Y le ofrecieron una beca. Y por primera vez en la historia un muchachito que recién entraba ganó el campeonato nacional para universitarios de los Estados Unidos, y dos veces.
¿Qué lo distinguía?
Practicaba un tenis completamente agresivo. El equipo de la Copa Davis de Estados Unidos lo convocó. Y jugó por Estados Unidos, pero con pasaporte peruano. El entonces presidente del Perú, Manuel Prado, lo invitó. En Lima, jugó un partido de exhibición en el Estadio Nacional ante 40,000 personas. Y de ahí lo llevaron a Arequipa: llenó la Plaza de Armas y jugó en el Estadio del Melgar, y ahí me invitaron a jugar con él. Los arequipeños se volvieron locos. Seis meses después ganó Wimbledon y muchos otros torneos. Olmedo se hizo famoso, pero no ganó casi nada de dinero, porque era un deporte amateur. Con el tiempo tuvo un puesto maravilloso: fue el entrenador del Beverly Hills Hotel en Hollywood, donde estaban todas las estrellas de cine. Fue entrenador de Charlton Heston y Kirk Douglas, con quienes luego jugué.
¿El Perú valora a Olmedo?
Eso no pasa y quiero que el Perú no lo olvide. Es el único peruano que ha sido número uno del mundo en tenis.
Aníbal, ¿y usted sigue jugando tenis?
Nunca he dejado de jugar.
De acá a 100 años, ¿cómo deberíamos recordarlo?
Me hice médico con la idea de que la medicina no solo es una carrera, sino como un llamado para ayudar a la gente. Quisiera que me recuerden como un buen hijo y como un buen médico.






