Daniela Ibáñez de la Puente
El Comercio, 20 de mayo del 2026
“¿Por qué las voces de la razón se encuentran debilitadas y no tienen tanto alcance como aquellas que hablan desde el engaño?”.
Un reciente estudio científico ha revelado la razón por la cual soñamos. Durante siglos nos permitimos imaginar las razones. Algunos les atribuían a los sueños un aspecto extrasensorial, esotérico, de contacto con un mundo que no está al alcance de la conciencia. Otros, como Freud, veían en los sueños la expresión cifrada de deseos reprimidos, todo aquello que no nos atrevemos a pensar y que solo encuentra salida cuando dormimos. Sin embargo, los neurocientíficos David Eagleman y Don Vaughn lo ven desde otro ángulo: desde el análisis sensorial y evolutivo, y a su hallazgo lo llamaron la teoría de la activación defensiva.
Su razonamiento parte de una observación sorprendente: durante la noche, todos nuestros sentidos siguen activos –si un insecto camina sobre nuestra piel, lo sentimos; si alguien llama a la puerta, lo escuchamos– todos, excepto la visión. La vista es el único sentido privado de estímulos externos por la oscuridad, y cuando una región cerebral deja de recibirlos, las áreas vecinas comienzan a colonizar ese territorio en apenas 40 a 60 minutos. El sueño REM sería entonces un mecanismo de defensa: el cerebro genera artificialmente actividad visual para impedir que otros sentidos se apoderen de ese espacio. Los sueños no serían una ventana al inconsciente sino el cerebro resistiendo su propia colonización.
Esa imagen me resulta imposible de separar de la política. Porque la colonización no ocurre solo en el cerebro dormido: ocurre en las sociedades que duermen. Y como en la alegoría de la caverna de Platón, quienes permanecen dentro solo ven sombras, imágenes distorsionadas de una realidad que otros controlan.
Lo sabemos porque solamente cuando algo nos asusta realmente despertamos. Mientras dormimos, la corrupción avanza, los burócratas se salen con la suya, las instituciones democráticas se socavan, los grupos criminales se empoderan, las leyes inútiles se multiplican, los políticos les susurran falsedades al oído a los incautos, y la justicia se copa. Muchos deciden permanecer en este estado somnífero, viendo imágenes distorsionadas y sin tomar responsabilidad por su propio sentido crítico. Pero cuando se asustan y despiertan, se encuentran desorientados y preguntan: ¿cómo llegamos aquí? ¿Por qué las voces de la razón se encuentran debilitadas y no tienen tanto alcance como aquellas que hablan desde el engaño?
La respuesta es que llevamos años dormidos, y mientras tanto otros han colonizado el espacio que nos pertenece. Eagleman y Vaughn nos recuerdan que el cerebro no espera una crisis para activar su mecanismo de defensa: lo hace con regularidad, de forma preventiva, cada noche. La ciudadanía debería hacer lo mismo. No despertar solo cuando el miedo nos sacude cada cinco años, sino mantenernos activos, alertas y deliberados. Mientras sigamos en modo supervivencia, poco podremos avanzar como sociedad.






