Enrique Gubbins
Perú21, 15 de mayo del 2026
«La segunda vuelta nos obliga a escoger entre dos propuestas diametralmente distintas. Ambas coinciden en el diagnóstico: pobreza, inseguridad, servicios que no llegan, recursos que se quedan en el centralismo limeño, etcétera. Pero hay rutas opuestas según a qué se atribuye la causa», comentó Gubbins.
En 1791, Mozart tuvo una infección renal. Los mejores médicos de Viena lo sangraron para curarlo. Lo mataron. En 1799, George Washington tuvo una infección a la garganta. Sus médicos le drenaron dos litros y medio de sangre en doce horas. Lo mataron también.
Por siglos se sangró a los enfermos creyendo curarlos. Hoy nadie sangra al paciente. La práctica común es la contraria: damos sangre para salvar vidas. De quitar a entregar.
Lo que cambió no fue el diagnóstico ni el objetivo: fue la atribución de la causa. Mientras se creyó que el mal venía de un exceso de humores, la solución era drenar. La diferencia entre matar y salvar al paciente estuvo siempre en un solo eslabón: la causa atribuida.
La segunda vuelta nos obliga a escoger entre dos propuestas diametralmente distintas. Ambas coinciden en el diagnóstico: pobreza, inseguridad, servicios que no llegan, recursos que se quedan en el centralismo limeño, etcétera. Pero hay rutas opuestas según a qué se atribuye la causa.
Imaginen al Perú como un paciente accidentado. Tiene la pierna rota, pero el corazón y el cerebro están intactos: son los que lo mantienen vivo. Uno de los planes propone, en lugar de curar la pierna, operar el corazón y hacer una lobotomía. Operar la Constitución y eliminar la independencia del Banco Central. Las dos cosas que funcionan y mantienen vivo al Perú.
El plan de Juntos por el Perú no se equivoca en el diagnóstico. Pero atribuir la causa al modelo o al BCR no es un error analítico: es estrategia. Una estrategia con un propósito claro: sustituir a millones de peruanos emprendedores —formales e informales— en la generación de valor, por una élite burocrática que lo dirija todo, según su mejor entender. Y cambiar la Constitución, es la pieza central para perpetuarse en el poder. El castrismo lleva 67 años en Cuba, el chavismo 27 en Venezuela, Ortega 24 en Nicaragua y Evo y sus herederos 20 en Bolivia. Todos reinterpretando la Constitución para no soltar el poder nunca, mientras el pueblo que decían defender, se empobrece cada año más.
El plan de Fuerza Popular no es perfecto. No desarrolla con la profundidad necesaria la reforma estructural del Estado: servicio civil profesional y descentralización real de oportunidades hacia las regiones y las poblaciones más marginadas. Ese reclamo legítimo espera una respuesta que ningún plan termina de dar.
Pero la diferencia entre los dos no es de matiz. Es de naturaleza. La pierna rota se puede curar profundizando el tratamiento. El paciente muerto, no.






