Anthony Laub
Perú21, 1 de abril del 2026
«El experimento de Velasco mostró que cuando el Estado asume el control de sectores estratégicos y crea decenas de empresas públicas, el resultado no es eficiencia…».
En cada elección, el discurso de la izquierda reaparece con promesas de un Estado omnipotente que, bajo el falso discurso de protección y justicia social, busca controlar la economía y la vida de las personas. Candidatos como Atencio o Sánchez repiten hoy recetas que ya llevaron al Perú al abismo. No es teoría: es la memoria de un país que pagó caro estas fantasías ideológicas.
El experimento de Velasco mostró que cuando el Estado asume el control de sectores estratégicos y crea decenas de empresas públicas, el resultado no es eficiencia, sino pérdidas millonarias, burocracia inoperante y desabastecimiento que golpea directamente la dignidad del ciudadano. Exacerbaron la polarización social y dieron un uso político a nuestra historia común.
Años después, García I aplicó gasto desbordado y controles de precios. El desenlace fue la peor hiperinflación de nuestra historia y una crisis humanitaria que disparó la pobreza a niveles históricos. El dinero perdió valor y quienes menos tenían fueron los que más sufrieron un modelo que pretendía “ayudarlos”: sin luz, sin agua, sin alimentos, sin servicios básicos y sin trabajo.
Humala, Vizcarra y Castillo enarbolaron la misma bandera y pese a sus trapacerías, resistimos. Magullados y confundidos, pero en pie.
Hoy se intenta instalar, nuevamente, la idea de que la empresa privada es el enemigo y que una nueva Constitución generará riqueza porque así lo decreta el Estado. La realidad es simple: sin empresas no hay empleo, y sin inversión solo queda la parálisis. Las amenazas de expropiación y un aumento arbitrario de impuestos alejan el capital que el país requiere para crecer.
Cuando el Estado decide quién gana y quién pierde, la corrupción y el favoritismo encuentran terreno fértil. Detrás del anhelo de “justicia social” de la izquierda radical suele esconderse una voluntad ilimitada de poder.
El Perú ya ha recorrido el camino del “Superestado” y lo ha pagado caro. Persistir en esta idea, ignorando las lecciones, no es un acto de esperanza, es un acto de irresponsabilidad y crueldad.
Superman no existe; tampoco un “Superestado”, ese ficticio héroe de la izquierda al que la realidad derrota siempre.






