Uri Landman
Para Lampadia
La mayoría de nosotros pensamos en la marca de ropa estadounidense cuando leemos o escuchamos el nombre de Banana Republic. Fundada en 1978 por Mel y Patricia Ziegler, esta empresa propiedad del grupo GAP, ofrece ropa y accesorios de alta calidad para hombres y mujeres.
Sin embargo, el término Banana Republic o República Bananera en castellano, nada tiene que ver con la alta moda o las pasarelas, este se aplica a países como el nuestro, dónde la corrupción y la inestabilidad de las instituciones democráticas son la norma, sin la necesidad de ser nosotros un país exportador de bananos.
El término República Bananera fue acuñado en 1904 por el escritor estadounidense O. Henry en su libro Cabbages and Kings (Repollos y Reyes) para describir un país imaginario basado en Honduras, donde las empresas fruteras de Estados Unidos como la United Fruit Company, tenían una enorme influencia en la vida y las decisiones políticas del país.
El día de hoy, se utiliza el término de manera peyorativa para describir cualquier país con inestabilidad política, regímenes corruptos y una economía desequilibrada. El Perú, cada vez más se dirige por ese camino. Para muestra un botón.
En octubre del año pasado tuve que realizar un viaje de trabajo al extranjero. Cuando me encontraba fuera me enteré que el Congreso había vacado a la presidenta Dina Boluarte de la noche a la mañana, literalmente. Con 122 votos a favor de la vacancia, Dina dejó de ser presidente y asumió como presidente encargado José Jerí, quien en ese momento se desempeñaba como presidente del Congreso.
Este hecho no me sorprendió en vista que Boluarte había hecho todos los méritos posibles para que el congreso la destituya desde el tema de los Rolex hasta las operaciones estéticas a escondidas. Lo que si llamó mi atención fue la celeridad del trámite. Todo el proceso, desde la admisión de la moción de vacancia hasta la votación duró menos de 8 horas.
Desde octubre hasta febrero, el entonces presidente del Congreso José Jerí estuvo al mando del despacho como presidente encargado. Durante su corta estancia en palacio, nos enteramos de sus reuniones clandestinas en un chifa, la visita de más de veinte mujeres al despacho presidencial en circunstancias extrañas, por decir lo menos, que luego tenían réditos para estas mujeres, quienes obtenían contratos con diversas instituciones del estado.
Para principios de febrero, diversos sectores políticos empezaron a pedir la renuncia o la vacancia del presidente Jerí. Al ser consultado en diferentes oportunidades, fui de la opinión que sería contraproducente sacar a Jerí del cargo, sobre todo cuando faltaba poco tiempo para las elecciones generales y pocos meses para el cambio de mando en julio de este año.
Por otro lado, afirmé una y otra vez que era un error sacar a Jerí y caer en la trampa de los caviares, ya que no podíamos saber quién sería elegido como nuevo presidente. El tiempo me dio la razón.
La derecha cayó ingenuamente en la trampa de los caviares y apoyó la destitución de Jerí.
El resultado ya lo conocemos. El congreso, eligió a otro comunista como presidente interino, José María Balcázar, quien entre otras perlas está siendo investigado por prevaricato, fraude, estafa, suplantación de identidad, cohecho, entre otros.
Si lo anterior no fue suficiente para demostrar las escasas cualidades éticas del actual presidente, el fin de semana nos enteramos a través de los medios de comunicación, que Balcázar promovió una ley siendo congresista para beneficiar a su propio hijo.
No quiero que se piense que estoy defendiendo a José Jerí ni su actuación como presidente. El exmandatario se comportó como un pirañita o delincuente de poca monta y merece terminar en la cárcel si la justicia lo encuentra culpable. Pero mal que bien, la economía venía caminando y los empresarios teníamos algo de certidumbre sobre el rumbo que seguiría el gobierno.
Los primeros pasos del nuevo presidente, nos han demostrado claramente que las decisiones políticas del gobierno no se toman en función del bien del país sino de los intereses particulares de unos cuantos.
El nombramiento de Hernando de Soto como primer ministro que luego fue cambiado abruptamente por el de Denise Miralles es un claro ejemplo.
Según De Soto, César Acuña lo llamó entre 10 y 20 veces desde que fue anunciado como primer ministro, hasta que finalmente cancelaron su nombramiento.
Según De Soto, los ministros del actual gabinete representan cuotas de poder de los diferentes partidos políticos que respaldan a Balcázar.
Como dice el viejo refrán: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. En este caso, lamentablemente el “nuevo” resultó mucho peor que el “malo”.
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