Urpi Torrado
El Comercio, 28 de agosto del 2025
“El patrón común es evidente: lo que más irrita no es solo la existencia de los problemas, sino la sensación de que no hay soluciones efectivas”.
La irritación, el estrés y el mal humor forman parte del pulso cotidiano de cualquier sociedad, pero en el Perú parecen estar presentes con mayor intensidad. Las quejas en redes sociales, las conversaciones en la calle y la sensación de enojo colectivo son el reflejo de un entorno que genera frustraciones constantes.
El World Views Survey de la red WIN, en la que Datum representa al Perú, revela que 6 de cada 10 peruanos reconocen haberse sentido irritados en el último mes, un nivel superior al promedio global y regional. En América, solo Chile supera al Perú en este indicador, mientras que Paraguay aparece como el país menos irritable. Estos datos plantean algunas interrogantes: ¿qué está detrás de este malestar?, ¿qué temas son los que más encienden la indignación ciudadana? Para responderlas, el estudio de Datum analizó la conversación en redes sociales durante el último mes a través de técnicas de digital listening.
El primer gran foco de enojo es la política y la percepción de impunidad. La decisión del Tribunal Constitucional de suspender las investigaciones contra la presidenta hasta el 2026 generó una avalancha de críticas en X (antes Twitter), donde hashtags vinculados al “blindaje” se convirtieron en tendencia. La narrativa más repetida fue simple, pero contundente: “Todos se protegen entre ellos”. Esta idea, aunque incompleta, conecta fácilmente con el descrédito generalizado hacia las instituciones y explica por qué la discusión estuvo marcada por la indignación.
El segundo gran detonante de irritación es la inseguridad ciudadana. Videos de robos y asaltos registrados en cámaras de seguridad o grabados por transeúntes circularon masivamente en TikTok e Instagram. Lo que más irrita no es solo la violencia en sí, sino la percepción de impunidad: delincuentes que rara vez enfrentan consecuencias. En paralelo, se reforzó una narrativa sobre la “delincuencia extranjera”, que simplifica un problema estructural más complejo y polariza la conversación digital.
La minería ilegal es otro de los temas que encendió el malestar. Las paralizaciones y reinicios del proceso de formalización (Reinfo), así como los bloqueos en diversas regiones, se tradujeron en mensajes de frustración tanto por la permisividad del Estado frente a actividades ilegales como por la precariedad en la que permanecen los pequeños mineros. La indignación viene de ambos lados, pero en todos los casos prevalece la percepción de caos e incertidumbre. Estos hallazgos coinciden con la última encuesta de Datum para El Comercio, en la que el 81% de peruanos considera la minería ilegal como un problema grave, asociado a violencia, contaminación y corrupción.
Otro tema sensible es el de los casos de feminicidio y violencia de género. Las historias de mujeres asesinadas o agredidas, difundidas en noticieros y viralizadas en redes sociales, encendieron una oleada de mensajes cargados de rabia. El reclamo ciudadano es doble: justicia más rápida y un sistema de prevención más efectivo. El enojo se intensifica cuando las noticias aparecen acompañadas de la percepción de indiferencia institucional.
Además de la coyuntura política, la conversación orgánica en redes también está asociada a las frustraciones diarias. El caos del tráfico y el transporte urbano aparecen una y otra vez en videos que muestran buses desbordados, choferes que no respetan paraderos o embotellamientos interminables que se convierten en memes. Del mismo modo, abundan las quejas contra el servicio al cliente de empresas de telefonía, Internet o bancos, donde los usuarios comparten capturas de llamadas fallidas o promociones engañosas que terminan en estafa.
Más allá de cada caso, el patrón común es evidente: lo que más irrita no es solo la existencia de los problemas, sino la sensación de que no hay soluciones efectivas, que la impunidad predomina y que la ciudadanía queda a la deriva.