Natale Amprimo
El Comercio, 8 de abril del 2026
“Será difícil que alguien que entra al debate como favorito mantenga la preferencia si su desempeño en el debate desilusiona al elector”.
Me parece que hay al menos dos coincidencias que mayormente tenemos los ciudadanos: los actuales debates presidenciales no permiten una adecuada exposición de las diversas posiciones; sin embargo, no hay duda de que pueden ser el factor determinante en una elección.
Es una realidad que se repite elección tras elección, que el elector peruano busca los momentos finales, casi ad portas de la fecha de votación -cuando no en la propia cola- para decidir su voto.
De ahí que, los debates, a pesar de que pueden tener una audiencia limitada y no tan amplia como se busca, generan una tendencia que determina que la balanza se incline a un determinado lado que, para sorpresa, puede no ser alguno de los que venían encabezando las encuestas.
Partamos por indicar que los niveles de indecisos son más amplios que aquellos que las proyecciones reflejan, no solo porque hay una cierta tendencia popular por expresarse a favor de quienes vienen encabezando los sondeos previos, sino porque no hay, salvo excepciones muy puntuales y limitadas, un voto realmente consolidado y fidelizado. En ese sentido, la movilidad en la intención de voto en nuestro país es asombrosa. Obvio que ello se debe también y en gran medida a la ausencia de partidos y, por tanto, a la falta de un debate con posiciones doctrinarias determinadas.
Así, el voto responde, principalmente, a la impresión e influencia que generan los candidatos como consecuencia, además, de la confrontación directa con sus adversarios. Ahí surge una suerte de clic.
Entonces, será difícil que alguien que entra al debate como favorito mantenga la preferencia si su desempeño en el debate desilusiona al elector; ni qué decir del caso de quien no se presenta a la confrontación, ¡ahí mismo pierde la elección! Y es que el debate permite imaginar a los candidatos en un futuro desempeño presidencial.
Al elector le surgen las siguientes interrogantes y reflexiones: ¿esta persona que no es ecuánime la quiero como presidente?, ¿será bueno elegir a alguien que solo agravia e insulta, si, más allá de las decepciones y frustraciones, lo que queremos los peruanos es vivir en armonía y en paz?, ¿debemos elegir a quien con las justas balbucea su nombre y es, en buena cuenta, una suerte de meme o caricatura andante?, ¿quien nos ofrece todo -una auténtica lista de lavandería- no está acaso tomándonos el pelo?, ¿quien solo lee nos estará diciendo lo que realmente piensa o lo que otros le han dicho que lea?, ¿o quien no lee, pero cuando le preguntan algo se va por las ramas y repite un discurso aprendido de paporreta, pero que se nota que no siente?
Es entonces cuando el elector, con razón o sin ella, inclina la balanza por quien percibe que le habla desde las entrañas. No le importan los títulos académicos o curriculum vitae que exhiba, sino la autenticidad que refleja el candidato. Eso genera una vertiginosa ola de adhesiones que no hay dinero, asesor internacional o maquinaria que la pueda igualar.
Nuestra elección no es analítica ni responde a una predeterminada orientación; es simplemente emotiva y sentimental. Un solo gesto o palabra puede acabar con todo lo construido o, por el contrario, generar un romance casi sin límites, llegándose a una idealización excesiva del candidato que, probablemente, luego termine en una nueva decepción.






