Maite Vizcarra
El Comercio, 29 de enero del 2026
“La IA está transformando la forma en la que trabajamos. Y es probable que también transforme eso que pensábamos será la ‘vejez’”.
Uno pasa media vida diciendo ‘después’. Después del trabajo, después de pagar la hipoteca, después de criar a los hijos, después de jubilarse. El problema es que el ‘después’ nunca llega como uno lo imaginó. Llega con rodillas que crujen y una ligera ansiedad existencial.
Hace poco vi un cortometraje animado de apenas siete minutos titulado “Retirement Plan” (‘Plan de retiro’), en el que el protagonista, Ray, acaba de jubilarse, para darse cuenta de que eso significa, por fin, “tener tiempo”. Un tiempo que se traduce en una larga lista de cosas que hacer: ordenar el correo electrónico, ver musicales, volar en parapente, explorar su vida. La lista es encantadora y profundamente inquietante. Porque no habla de sueños imposibles. Habla de todo aquello que postergamos mientras estábamos “ocupados viviendo para después”.
La vejez, en este corto, no es decadencia. Es revelación. Es ese momento incómodo en el que uno se da cuenta de que trabajó décadas para comprarse tiempo libre… y ahora lo mira con una mezcla de ilusión y miedo. ¿Por dónde empiezo? ¿Me alcanzará? Esa sensación tiene mucho que ver con la famosa crisis de la edad media –que no siempre llega a los 40 ni se manifiesta comprando una moto–, sino con una contabilidad silenciosa: ¿en qué se me fue la vida?, ¿cuántas cosas dejé para después?
Vivimos en una cultura que glorifica la postergación –por necesidad o hábito–. Primero produce, luego disfruta. Primero sacrifica, luego vive. La jubilación se convierte así en una especie de paraíso prometido donde mágicamente tendremos energía, salud y entusiasmo intactos. Como si la vida viniera en dos etapas bien ordenadas: trabajo intenso y felicidad diferida. “Retirement Plan” desmonta esa ilusión con ternura. Ray no quiere reinventarse como gurú espiritual ni correr maratones. Quiere algo mucho más revolucionario: recuperar el control de su tiempo, disfrutar pequeñas cosas, vivir con menos prisa.
Y aquí viene la pregunta interesante: ¿y si esta narrativa de la vida postergada está a punto de cambiar? Porque, a diferencia de generaciones anteriores, estamos entrando en una era donde la inteligencia artificial (IA) empieza a tocar el recurso más escaso de todos: el tiempo. En cinco años –y, probablemente, en menos– la IA no solo automatizará tareas del trabajo, sino que también organizará agendas, resumirá reuniones, filtrará correos, optimizará procesos, hará en minutos lo que hoy nos toma horas.
Esto puede parecer muy técnico, pero en verdad es profundamente existencial. Si hoy postergamos ‘hobbies’, descanso, aprendizaje y hasta conversaciones largas porque “no hay tiempo”, mañana podríamos recuperar pedazos de día que hoy se evaporan entre prisas y apremios.
La IA está transformando la forma en la que trabajamos. Y es probable que también transforme eso que pensábamos será la ‘vejez’. Imaginemos una vida en la que no tengamos que esperar a los 65 para tener más exploraciones de vida. Donde aprender algo nuevo a los 40 no sea un lujo –por el tiempo y costo invertidos–, donde ejercitarse físicamente más a los 50 no sea una carrera contra el reloj, y disfrutar a los 60 no sea un premio por sobrevivir al estrés.
Quizá entonces la lista de Ray ya no se escriba con el retiro, sino a lo largo de la vida. Ciertamente, podríamos estar todavía muy lejos del retiro, pero ver esos siete minutos de “Retirement Plan” esconde una gran revelación: la IA podría –si somos inteligentes con ella– ayudarnos a renegociar a nuestro favor, ese trato con el “no tengo tiempo para vivir”.






