Maite Vizcarra
El Comercio, 22 de enero del 2026
“Un país donde medio millón de jóvenes entra al mercado laboral en plena ola de automatización no puede darse el lujo de que la IA sea apenas un guiño en el plan de gobierno”.
Cuando en Davos deciden hablar de algo, no es porque les falten temas ni porque necesiten llenar la agenda con futurismos simpáticos. Si en el 2026 el Foro Económico Mundial se sienta a debatir ‘el día después de la AGI’, es decir, lo que pasa cuando la inteligencia artificial iguala o supera nuestras capacidades cognitivas, es porque las grandes potencias ya ven hoy el tema como un asunto de seguridad, empleo y poder geopolítico, y no de ‘gadgets’.
Entonces, si allá se preguntan cómo sobrevivir al salto tecnológico, al menos acá podríamos empezar por incluir el tema en una campaña presidencial con más de 30 candidatos que siguen pensando que la máxima disrupción tecnológica que viven es aparecer en TikTok.
Lo primero que quedó claro en Davos es que la IA dejó de ser un asunto de apps y pasó a ser un tema de estabilidad global. Demis Hassabis, de Google DeepMind, habla de una probabilidad razonable de tener sistemas con capacidades cognitivas similares a las humanas hacia el final de esta década; mientras que Darío Amodei mantiene pronósticos incluso más agresivos. No discuten si la AGI llegará, sino qué haremos el ‘día después’: cómo gobernarla, cómo evitar que se use como arma económica, política o incluso biológica.
En ese escenario, el puente con el Perú es inevitable de escabullir. Por ejemplo, si hoy ya hay desempleo juvenil, con la amplificación de las capacidades de la IA hacia la AGI, tareas desarrolladas en las prácticas preprofesionales y profesionales, trabajos administrativos y tareas repetitivas de oficinas están condenados a desaparecer. La escena es clara: recién egresados compitiendo no con sus compañeros de aula, sino con modelos generativos que redactan informes, hacen mejores cálculos en Excel y escriben código a una velocidad que ningún practicante puede igualar.
El lado optimista de Davos 2026 no fue un consuelo, pero sí una hoja de ruta. Amodei y Hassabis coinciden en que habrá nuevos empleos para quienes sepan aprovechar estas herramientas, pero el énfasis está en el verbo ‘aprovechar’, no en ‘mirar desde la tribuna’. A los estudiantes les sugirieron algo casi herético para la cultura local del ‘consigue prácticas como sea’: dedicar ese tiempo a dominar estas herramientas podría equivaler a un salto de cinco años en su carrera. Es decir, menos café fotocopiando y más horas aprendiendo a interactuar con la IA y a contextualizar esas conversaciones.
Aquí entra el nuevo ‘lenguaje de programación’: el nuestro. La interacción con la IA ya no pasa por escribir líneas de código, sino por saber formular bien un problema, darle contexto al modelo y evaluar críticamente lo que devuelve. Los prompts son el nuevo código, y preguntarle bien a la IA, ese arte de inyectar la información precisa para que la máquina produzca algo útil, se vuelve el filtro entre la creatividad que agrega valor y el ‘copy paste’ elegante.
Y sí, esto debería importarles, y mucho, a los más de 30 candidatos presidenciales. Un país donde medio millón de jóvenes entra al mercado laboral en plena ola de automatización no puede darse el lujo de que la IA sea apenas un guiño en el plan de gobierno, junto al Wi Fi gratuito en las plazas. La AGI puede llegar en cinco o 10 años, según las propias estimaciones de quienes la están construyendo, pero sus efectos políticos empezaron ayer. No es ciencia ficción: es el nuevo campo de batalla donde se definirá quién tiene futuro y quién se queda hablándole al país que fue.






