José Ignacio de Romaña
Perú21, 24 de diciembre del 2025
«A pocos meses de la visita del canciller de EE.UU., debería plantearse que la mejor manera de proteger sus fronteras es exportando progreso a la región».
Hace unos días, dos anuncios han colocado a Sudamérica, y en particular al Perú, en el centro del tablero geopolítico. Por un lado, el presidente Xi Jinping presentó una política de solidaridad y cooperación con Hispanoamérica, enfocada en comercio, infraestructura y desarrollo compartido. Por el otro, el presidente Donald Trump anunció la intención de designar al Perú como aliado principal de Estados Unidos fuera de la OTAN, reforzando la cooperación en defensa y seguridad.
Ambas iniciativas responden a una realidad innegable: el eje del poder global se disputa hoy entre China y Estados Unidos, y América del Sur ha dejado de ser periférica en esa competencia. El Perú, por su ubicación estratégica en el Pacífico, su estabilidad relativa y su rol como hub logístico emergente, se ha convertido en un punto neurálgico de esa disputa.
Durante las últimas dos décadas, China ha incrementado de manera sostenida su presencia económica en la región. En el caso peruano, se ha convertido en su principal socio comercial, impulsando exportaciones, inversión en infraestructura y conectividad con Asia. Proyectos como el Puerto de Chancay ilustran una visión de largo plazo: asegurar rutas comerciales, reducir costos logísticos y sustentar el abastecimiento de una población de más de 1,300 millones de personas. Para el Perú, esa relación ha significado crecimiento, empleo y acceso a mercados.
Estados Unidos ha priorizado históricamente la seguridad y la estabilidad política, pero en las últimas décadas redujo su protagonismo económico en la región. Hoy reaparece con un enfoque marcado por la defensa, el control de amenazas transnacionales y la contención estratégica de China. La designación de Perú como aliado extra-OTAN refuerza su importancia militar y diplomática, pero no resuelve por sí sola los problemas estructurales que enfrenta el país.
En el Perú vivimos una guerra, pero contra la pobreza, que afecta a 30% de peruanos y, en algunas zonas del país, acompañada con más de 50% de anemia infantil. Combatir estas cifras no depende de alianzas militares, sino de inversión productiva, infraestructura, conectividad, investigación y acceso a mercados.
Sudamérica, además, es un continente relativamente en paz. No enfrenta guerras ni rivalidades culturales ni religiosas que justifiquen una militarización excesiva. Su verdadera agenda estratégica debe estar orientada a la integración, desarrollo y reducción de desigualdades. En ese contexto, iniciativas como el tren de la unión sudamericana representan una visión más acorde con las necesidades reales de la región.
El Perú no debe inclinarse por China o por Estados Unidos. El verdadero desafío es evitar convertirse en un campo de disputa y, en cambio, posicionarse como un espacio de cooperación. América del Sur puede y debe ser un territorio donde ambas potencias trabajen conjuntamente, inviertan y contribuyan al desarrollo, en lugar de trasladar sus tensiones comerciales y geopolíticas.
A pocos meses de la visita del canciller de EE.UU., debería plantearse que la mejor manera de proteger sus fronteras es exportando progreso a la región. Un ser humano con salud, educación y trabajo se queda, no emigra, y ese camino va acorde con la inversión asiática que se viene dando en la región. Por tanto, el Perú debería ser el puente, la sede de una reunión tripartita, donde se plante una Sudamérica próspera, un nuevo gran continente y mercado para el mundo. Trabajando conjuntamente todo es posible.






