Jorge Zapata
El Comercio, 22 de diciembre del 2026
“La mayoría de partidos hoy en escena representan a muy pocos y, además, siguen deteriorando su imagen a pasos agigantados”.
Una conclusión inequívoca sobre los últimos acontecimientos es que nuestro sistema político electoral no solo no funciona, sino que ha tocado fondo. Tenemos al noveno presidente desde el 2016, vamos a una elección con 36 candidatos y, para empeorar la situación, la campaña se ha visto opacada por los problemas ocasionados por el exmandatario José Jerí, por el proceso que terminó en su censura y por la incertidumbre que genera el nuevo gobierno encabezado por el presidente José María Balcázar, un congresista elegido por el partido Perú Libre. Estaremos atentos a la conformación del nuevo Gabinete, quitándole espacio –otra vez– a las propuestas de los partidos que postulan a gobernar el país.
Hay en los medios y en la sociedad civil varias iniciativas, saludables todas, orientadas a motivar el voto informado; sin embargo, estas pierden impacto al ser opacadas por la grave situación política que –una vez más– se instala en el debate nacional. Hay que añadir a este drama los desbordes de ríos y activación de quebradas que vienen afectando a poblaciones del interior del país, mientras los ministros en ejercicio, llamados a articular para atender las emergencias, han sido colocados en la total incertidumbre de no saber si se quedan o se van. Es decir, el corolario producido por irresponsables decisiones no podía ser más desastroso.
Todo esto nos lleva a reflexionar sobre nuestro sistema representativo, que de representativo tiene casi nada, ya que la mayoría de partidos hoy en escena representan a muy pocos y, además, siguen deteriorando su imagen a pasos agigantados. Queda entonces la imperiosa necesidad de revisar este modelo.
De las múltiples taras a revertir nos podemos quedar con tres que son, quizás, las más trascendentes: la desastrosa reforma impulsada por el expresidente Martín Vizcarra; la falta de participación efectiva de la sociedad civil en la política activa (para ello habrá que pensar fuera de la caja, a fin de darle mecanismos vinculantes a organizaciones fuera de la política formal); y la campaña de contaminación de sospecha y persecución, emprendida por sectores con intereses mezquinos, hacia el financiamiento de partidos y actividades políticas. Es hora de pensar en una profunda reforma. No podemos seguir dejando al país, exclusivamente, en manos de organizaciones y personas que no han dado la talla.






