David Tuesta
Perú21, 8 de enero del 2026
«Ahora que estamos ad portas de un proceso electoral en el Perú, no nos dejemos engañar por los partidos que ofrecen implementar las mismas recetas que llevaron a Venezuela a donde se encuentra hoy».
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha sacudido el tablero latinoamericano y obliga a mirar a Venezuela más allá del vértigo político del momento. ¿Qué viene ahora para una economía que se ha contraído, con su moneda destruida, su industria petrolera colapsada y una sociedad exhausta?
Esta crisis no cayó del cielo. Se fue construyendo desde los primeros años del chavismo con una receta que la teoría económica conoce de memoria: control político absoluto, estatización creciente, destrucción de incentivos privados, captura del banco central y utilización de la renta petrolera como caja política. Mientras el precio del crudo bordeaba los US$140 por barril en 2008, el error quedó disimulado. Cuando el ciclo se revirtió y la producción se desplomó por falta de inversión y mala gestión, la realidad apareció con crudeza. El PIB real cayó aproximadamente 75% desde 2013, el ingreso per cápita pasó de cerca de US$8,700 en 2013 alrededor de US$4,000 en 2024, y la inflación acumulada desde el inicio del chavismo se mide en magnitudes astronómicas, tras varios años de hiperinflación. La deuda pública supera el 100% del PBI cuando se incluyen pasivos de la petrolera estatal. El saldo humano completa el cuadro: más de 7 millones de venezolanos fuera del país, con alrededor de 1.6 millones viviendo hoy en el Perú.
El petróleo está en el centro del drama y también de cualquier solución. Venezuela tiene más de 300 mil millones de barriles de reservas probadas, la mayor cifra del mundo, pero produce hoy menos de 1 millón de barriles diarios, frente a los 3.5 millones de fines de los noventa. Recuperar la industria exige inversiones entre US$60 mil millones y US$150 mil millones en la próxima década, además de algo más escaso que el capital: instituciones creíbles.
Desde aquí se abren tres rutas. La primera es la transición tutelada, con fuerte influencia externa, algo de disciplina fiscal y dolarización de facto. En ese caso, la economía podría crecer en promedio en torno al 4% anual en los próximos años, con producción petrolera subiendo gradualmente hacia 1.5 millones de barriles diarios. La inflación se mantendría elevada, pero fuera de hiperinflación, en el entorno de 60%–120% anual. La segunda ruta, la del gran pacto político y reconstrucción institucional, permitiría un crecimiento de 5% – 7% anual durante una década, con el petróleo acercándose a 2 – 2.5 millones de barriles diarios. En ese escenario, la inflación podría moderarse a 20%–40% anual en tres a cinco años. Y, lo más relevante, el PBI per cápita podría volver a niveles previos al chavismo en unos 10–15 años, y las tasas de pobreza podrían retroceder hacia el orden del 30% en un horizonte similar. El tercer camino es el del estancamiento: limbo político prolongado, crecimiento de 0%–2%, inflación que puede regresar por encima de 150%–200% y migración persistente.
El futuro venezolano no dependerá solo de la caída de un hombre, sino de la capacidad de reconstruir reglas, disciplina fiscal y autonomía monetaria. Ahora que estamos ad portas de un proceso electoral en el Perú, no nos dejemos engañar por los partidos que ofrecen implementar las mismas recetas que llevaron a Venezuela a donde se encuentra hoy.






