David Tuesta
Perú21, 25 de diciembre del 2025
«Antes de discutir si el Estado debe crecer o reducirse, deberíamos preguntarnos cómo hacerlo más efectivo, más transparente y orientado a resultados».
En el Perú, el debate sobre el Estado suele atraparse en una falsa dicotomía. Para algunos, el camino al desarrollo pasa por un Estado más grande; para otros, por uno más pequeño. Sin embargo, décadas de investigación académica comparada muestran que esta discusión, planteada así, es incompleta y, en muchos casos, estéril. La evidencia sugiere que el tamaño del Estado, por sí solo, explica poco. Lo que realmente importa es cómo funciona, qué hace y con qué calidad.
La literatura económica ha mostrado de manera consistente que el vínculo entre gasto público, crecimiento y bienestar no es lineal. Estados demasiado pequeños pueden fallar en proveer bienes públicos necesarios para el desarrollo económico y social. Pero Estados excesivamente grandes, especialmente cuando operan con baja eficiencia, tienden a generar distorsiones: impuestos que desalientan la inversión, burocracias costosas, mala asignación de recursos y menor productividad.
Numerosos estudios coinciden en que existe un rango intermedio en el cual la acción del Estado contribuye positivamente al crecimiento y al bienestar. Ese rango no es universal ni fijo. Depende de factores clave que con frecuencia se omiten en el debate público: la calidad institucional, la composición del gasto, la capacidad de gestión y el nivel de endeudamiento. No todos los Estados de un mismo tamaño producen los mismos resultados.
La evidencia comparada muestra que la calidad del gasto público es tan importante como su volumen. El gasto orientado a inversión productiva, capital humano y servicios públicos bien diseñados tiende a tener efectos positivos y persistentes. En cambio, la expansión del gasto corriente sin evaluación de resultados, los subsidios mal focalizados o programas que generan dependencia sin mejorar capacidades suelen tener retornos bajos, cuando no negativos.
Este enfoque resulta especialmente relevante para Perú. Nuestro problema no es tanto cuánto gasta el Estado, sino qué obtiene la ciudadanía a cambio de ese gasto. Persisten brechas profundas en calidad educativa, servicios de salud, seguridad ciudadana e infraestructura. A ello se suma una gestión fragmentada, escasa evaluación de políticas y limitada rendición de cuentas.
La academia también subraya que la calidad institucional amplía o restringe el margen de acción del Estado. Países con administraciones públicas profesionales, reglas claras, baja corrupción y uso intensivo de datos pueden sostener niveles más altos de gasto sin sacrificar crecimiento ni bienestar.
En ese sentido, antes de discutir si el Estado debe crecer o reducirse, deberíamos preguntarnos cómo hacerlo más efectivo, más transparente y orientado a resultados. Mejorar la calidad del gasto, fortalecer la gestión pública y evaluar lo que funciona y lo que no debería ser la prioridad.
Al final, el dilema no es Estado grande versus Estado pequeño. Es Estado que funciona versus Estado que no. Y esa diferencia es la que determina si el gasto público se traduce en bienestar real o en una nueva frustración colectiva.






