Daniela Ibáñez de la Puente
El Comercio, 11 de marzo del 2026
“Depende de nosotros decidir cómo sobrevivimos a este fuego cruzado”.
Trump ha decidido dar un cambio de rumbo respecto al posicionamiento del Gobierno Estadounidense en política exterior. El republicano, quien en su momento se vanagloriaba de no iniciar nuevas guerras y, por el contrario, detener las que ya estaban en curso, ha dado un giro de 180 grados. Las intervenciones en Venezuela e Irán —y me atrevería a decir que próximamente contra los cárteles del narcotráfico en nuestra región y Cuba— demuestran que estamos viviendo un cambio de era en el tablero geopolítico global y en la forma en que las superpotencias actúan en él.
Mientras Marco Rubio siga siendo una voz influyente en las decisiones de política exterior del Ejecutivo —algo que no sabemos cuánto durará debido a la predecible impredecibilidad de Trump—, nuestra región será vista como un socio estratégico de Estados Unidos. Con mayor certeza: si en el Perú gana un candidato presidencial afín a la derecha, seremos vistos como aliados naturales; si gana uno de izquierda, seremos percibidos como una amenaza potencial para los intereses estadounidenses mientras dure el mandato de Trump. Ahora bien, si surge un candidato que ideológicamente se proclame de izquierda, pero que tras bambalinas siga los designios estadounidenses, no seremos vistos como una amenaza. Veamos el caso de la dictadora venezolana —ojalá temporal— Delcy Rodríguez, quien es tratada con mucho afecto por parte de Donald Trump.
Los candidatos presidenciales y, en general, nuestra clase política, deben estar profundamente al tanto de esta situación y mantener posturas claras respecto a cuál será la posición del Perú en este tablero geopolítico tan cambiante.
Me atrevo a decir que la posición minimalista, en la cual mantenemos una “sana” convivencia teniendo a China como principal socio comercial y a unos Estados Unidos calmados al respecto, es un lujo que ya no nos podemos permitir. Corremos el riesgo de ser un títere con el potencial de terminar totalmente desmembrado. China lleva años actuando mediante el ‘soft power’ a través de la estrategia de la Ruta de la Seda; sus intereses comerciales operan en simbiosis con sus intereses políticos, copando espacios de poder de manera sutil pero eficiente para consolidar su influencia. Mientras tanto, Estados Unidos —bajo el mandato republicano— ya no observará esta dinámica de forma pasiva. Buscarán revertirla para recuperar espacios de influencia, y no se debe descartar el uso de la fuerza abierta en nuestra región en dicho intento.
Muchas veces, cuando se consulta a los candidatos presidenciales —sobre todo a los de derecha y centro— sobre el posicionamiento del Perú ante el cambiante orden mundial, la respuesta suele ser: “El Perú debe buscar preservar su soberanía y, al mismo tiempo, mantener una relación amigable con ambas potencias”. Dicha respuesta ya no es satisfactoria ni suficiente. Estamos en otra era geopolítica, pero, como siempre, nos miramos demasiado el ombligo. Seamos realistas: si bien el Perú no es el principal interés estratégico de ambas potencias, sí tenemos una importancia relativa. Depende de nosotros decidir cómo sobrevivimos a este fuego cruzado. No tomemos a la ligera la frase de Trump tras no recibir el premio de la Academia Nobel: “Ya no me interesa la paz”. Estamos advertidos.






