Daniela Ibáñez de la Puente
El Comercio, 8 de abril del 2026
“El voto estratégico es, en última instancia, un acto de fe. Puede dar cierta paz mental, pero también deja una sensación de frustración”.
Para quienes observan las encuestas compulsivamente y son altamente adversos al riesgo, la inclinación natural es ejercer el llamado voto estratégico. Es decir, no se vota por el candidato cuyas propuestas convencen más, sino por aquel que pueda actuar como un muro de contención frente a una posible segunda vuelta con opciones percibidas como riesgosas para el orden constitucional.
En esta elección, el voto estratégico resulta particularmente trágico por la cantidad de opciones disponibles. La mayoría deja mucho que desear, pero algunas candidaturas han intentado introducir propuestas disruptivas, basadas en ideas, algo escaso en una era dominada por el populismo. Sin embargo, estas alternativas han quedado rezagadas en el pelotón del 1%, con breves momentos de protagonismo que no lograron sostener tras errores políticos frente a un electorado exigente.
Esto plantea una pregunta clave: ¿es el voto estratégico realmente racional? Es decir, ¿responde a una decisión que, desde un enfoque utilitarista, genera más beneficios que costos? Por un lado, la fragmentación del voto ha reducido las diferencias entre candidatos punteros, muchas veces dentro del margen de error. En ese contexto, un tercer, cuarto o quinto lugar podría dar la sorpresa y pasar a segunda vuelta. Apostar estratégicamente implica entonces creer que pequeños cambios pueden alterar el resultado.
Sin embargo, esta lógica enfrenta un problema: el voto estratégico es, en gran medida, perceptivo. ¿Cuántas personas realmente lo ejercen? Que un entorno cercano lo haga no implica que una masa crítica de votantes actuará igual. No existe forma de cuantificarlo con precisión y, además, la definición de lo “estratégico” varía entre individuos. El problema de acción colectiva dificulta prever que estos votantes se aglutinen en torno a una sola candidatura. Aun así, para algunos esta estrategia ofrece tranquilidad: prefieren votar por una segunda o tercera opción con posibilidades, antes que por su preferida sin opción de pasar.
El voto estratégico también implica considerar no solo quién gana la presidencia, sino con qué respaldo gobernará. La segunda vuelta abre la posibilidad de que el presidente electo no cuente con una bancada significativa en la Cámara de Diputados y la Cámara de Senadores. En ese sentido, votar estratégicamente también supone evaluar qué partidos o candidatos tienen opciones reales de superar la doble valla electoral, hoy más exigente. Surge entonces la duda: ¿conviene alinear el voto legislativo con la opción presidencial o diversificarlo?
En conclusión, el voto estratégico es, en última instancia, un acto de fe. Puede dar cierta paz mental, pero también deja una sensación de frustración: la de no haber votado por lo que realmente se prefiere, sino por lo que se cree más viable dentro de un cálculo incierto.






