Alonso Rey Bustamante
Perú21, 6 de marzo del 2026
El daño que causan los alcaldes y gobernadores regionales cuando no ejecutan obras de prevención no se mide solo en millones de soles, sino en vidas perdidas.
Llevamos meses escuchando advertencias sobre el fenómeno de El Niño y, como casi siempre, el país actúa como si las lluvias fueran a tomarnos por sorpresa. Se empieza a limpiar los cauces en diciembre, no se fiscaliza todo el desmonte que echan en las quebradas ni se limpian los canales donde discurren los huaicos. La naturaleza hará lo suyo, sí, pero el verdadero desastre empieza mucho antes, cuando alcaldes y gobernadores deciden no hacer nada, salvo dejar obras inconclusas y dinero desperdiciado por falta de gestión.
Arequipa es un ejemplo doloroso. Todos saben dónde están las torrenteras y qué pasa cuando llueve fuerte, pero año tras año se improvisan muros, se estrechan cauces y se permite construir donde nunca se debió hacerlo. Cuando el agua baja con fuerza no arrasa solo con casas: arrasa con la credibilidad de autoridades que tuvieron presupuesto, tuvieron tiempo y prefirieron mirar a otro lado. No les faltó información, les faltó voluntad, estas autoridades deberían estar prohibidas de volver a asumir un cargo público y ser responsable por los daños causados.
En el norte, playas como Máncora pagan la factura de años de desinterés: oleajes anómalos que se llevan malecones, restaurantes y puestos de trabajo, mientras las obras de protección costera avanzan al ritmo de los trámites y no de las mareas. Lo mismo en Trujillo, una ciudad que vive mirando con miedo a sus quebradas, sabiendo que una lluvia fuerte puede partirla en dos, pero donde las soluciones llegan siempre a medias, tarde o mal.
El daño que causan los alcaldes y gobernadores regionales cuando no ejecutan obras de prevención no se mide solo en millones de soles, sino en vidas perdidas. Es el emprendedor que pierde su pequeño negocio, la familia que ve cómo el huaico entra a su casa por tercera vez, el agricultor que vuelve a empezar porque nadie se tomó en serio reforzar diques ni limpiar canales. A estas alturas, hablar de “falta de recursos” es una coartada: lo que hay es falta de respeto, de vergüenza y de sentido mínimo de responsabilidad frente a la gente que dicen representar.
En esta campaña electoral, esos mismos rostros aparecerán prometiendo “obras contra El Niño”, “defensas definitivas” y “soluciones integrales”. La pregunta es si el elector estará dispuesto a creerles otra vez sin hacer una sola revisión, porque mientras el ciudadano siga premiando en las urnas a quienes administran desastres en vez de prevenirlos, seguiremos condenados al mismo libreto: promesas en campaña, lodo y lágrimas cuando llega la lluvia.






