Gabriel Daly
El Comercio, 16 de marzo del 2026
“El país no puede darse el lujo de renunciar a un mercado para congraciarse con otro”.
El problema no es que el Perú haya ganado relevancia geopolítica, sino que aún no sabe traducir esa nueva centralidad en una política exterior coherente. De esa situación surge una falsa disyuntiva: la idea de que el país debe definirse entre China y Estados Unidos. Esa lectura ha llevado al Perú a adoptar posiciones diplomáticas fluctuantes y, al mismo tiempo, a carecer de una estrategia clara frente a la creciente presencia de la potencia asiática en el país y ante el renovado interés de Estados Unidos por América Latina.
Algunos episodios recientes ilustran esa falta de consistencia. Primero estuvo el entusiasmo por la dimensión geopolítica del puerto de Chancay; después, los reparos regulatorios. A ello se suma la adhesión –poco debatida en el país– al programa de socios globales de la OTAN. Y, más recientemente, el silencio frente a las declaraciones de la Embajada de Estados Unidos sobre la seguridad estratégica de ese mismo puerto.
Sin embargo, el Perú no tiene por qué elegir entre potencias. Debe, más bien, definir una política exterior guiada por el interés nacional, orientada a asegurar mercados, diversificar la producción y atraer inversiones.
La experiencia internacional ofrece una referencia útil. Subrahmanyam Jaishankar, ministro de Asuntos Exteriores de la India, sostiene que, en un mundo multipolar, la política exterior no debe regirse por solidaridades dictadas desde otros centros de poder. Esa posición reivindica la autonomía estratégica: que cada país defina sus decisiones según sus propias circunstancias y prioridades. En la misma línea, Christopher Hill, profesor de la Universidad de Cambridge, recuerda que la política exterior no depende solo del escenario internacional, sino también de la política interna, las instituciones y los actores sociales. Es, en suma, un equilibrio entre principios, recursos propios y exigencias del entorno.
Desde esa perspectiva, la política exterior peruana debe dejar de ser un debate abstracto sobre bloques de poder y traducirse en una pregunta concreta: cómo aprovechar los vínculos con distintos actores para fortalecer capacidades internas, ampliar la economía formal, conectar activos subutilizados con el mercado internacional y convertir el potencial del país en prosperidad.
El país no puede darse el lujo de renunciar a un mercado para congraciarse con otro. China es hoy el principal socio comercial del Perú y concentra cerca de un tercio de nuestras exportaciones, especialmente en minería y agroindustria. Estados Unidos, por su parte, es clave para la seguridad, la cooperación antidrogas, la inversión y el fortalecimiento institucional. La respuesta, por tanto, no pasa por adoptar una política de ‘no alineamiento’, sino por conducir las relaciones exteriores bajo una sola premisa: que todas se rijan por un mismo principio, el interés nacional, dentro del marco del multilateralismo.
El Perú ya optó por esa vía cuando ingresó a APEC en 1998. Esa decisión no implicó alinearse con un único centro de poder, sino integrarse a un espacio donde convergen Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur y las economías del Sudeste Asiático. En ese contexto, proyectos de infraestructura como el puerto de Chancay –concebido para integrarse a las cadenas logísticas del Pacífico– ponen de relieve el potencial del Perú para convertirse en un nodo clave del comercio transpacífico. Pero esa apertura solo será sostenible si se sustenta en reglas claras, estabilidad y supervisión institucional.
En última instancia, la cuestión no es si el Perú debe acercarse más a China o a Estados Unidos. La verdadera disyuntiva es otra: decidir si quiere actuar como un Estado que no se subordine ni se repliegue; que no improvise lealtades ni desperdicie oportunidades; y que entienda que la política exterior no consiste en seguir alineamientos automáticos, sino en ampliar sus márgenes de decisión, defender las reglas del orden internacional y, sobre todo, fortalecer al país, su economía y su democracia.
El Perú debe abandonar la vacilación y definir una posición clara: apertura al mundo, autonomía de decisión y defensa firme del interés nacional. En política exterior, los países serios no eligen bandos: eligen criterio. Cuando ese criterio existe, la diplomacia proyecta soberanía; cuando falta, transmite desconcierto.






