Alberto Goachet
El Comercio, 10 de febrero del 2026
Desde muy joven me fascinó analizar las campañas políticas. Descubrí con el tiempo que, a nivel de márketing, los requisitos para lograr que una marca gane la preferencia del consumidor son los mismos que requiere un candidato para ganar una elección. Es indispensable que una campaña tenga una estrategia clara, relevante, diferenciada, coherente y consistente. Al final, la pregunta es: ¿por qué debes votar por mí?
No veo ninguna campaña que tenga esos ingredientes enlistados. Todos hablan de lo mismo: seguridad ciudadana y corrupción. No hay ninguno que haya encontrado un ángulo diferente que los separe del montón. En el 2001, posgobierno de Fujimori, muchos hablaban de lucha contra la corrupción, a excepción de uno que encontró un espacio diferente: Toledo y “más trabajo”. Con Montesinos preso y Fujimori en Japón, la preocupación era conseguir una buena chamba.
A poco de la primera vuelta, las campañas se han intensificado combinando caravanas, consumos de platos típicos, entrevistas en medios masivos y digitales, bailes en TikTok, y las usuales pintas en carretera. Campañas de manual que se mimetizan generando un ruido electoral incapaz de romper la apatía y el desgano de los votantes, donde compites contra más de 30 `marcas’.
Si ningún candidato se sale del manual y aplica las reglas básicas del márketing para tener una propuesta relevante, los dos candidatos que pasarán a segunda vuelta van a ser resultado del azar y la sorpresa. No de la estrategia.






