Jorge Deustua
13 diciembre 2024
Para Lampadia
Poco después el Muni estaba de vuelta en primera. Volvía pujante, renovado, talentoso.
Solamente se sumaron tres jales al equipo de San Martín: Nemesio Mosquera, su sobrino Jaime y Fernando Cárdenas, el sobrio back del Sacachispas. Con ellos el Muni mantuvo la punta del campeonato y hasta el comienzo de la Liguilla.

Una tarde generosa, en las bancas de oriente intermedia del Estadio Nacional, comenzaron a crecer banderas amplias y muy largas desde donde, cada domingo, la voz del Echa Muni se abrió al espacio entre el rojo y blanco, las palmas numerosas y las estridencias del triángulo de metal.
Ese fue el año en el que el Perú clasificó al Mundial de México.
Y cada domingo se pasaba la voz, en todos los barrios, que el Muni jugaba y a aquel que no creyera en lo sobrenatural entonces había que invitarlo al estadio…para que creyera…porque esa tarde jugaba el Cholo.
En ese entonces, Cholo ya no era más el Cholo. En primera división había sido rebautizado y todos, repito, todos lo nombraban entonces como el Cholo Sotil. Y aunque le habían cambiado también las medias, los chimpunes seguían siendo los mismos.
Con sólo cinco partidos en primera división, Sotil fue reconocido como el nuevo símbolo del Muni y una tarde feriada de jueves durante un amistoso contra el yugoeslavo FK Radnički, en ceremonia sencilla y a los quince minutos del primer tiempo, el Maestro «Tito» Drago dejó la cancha por el lateral de Occidente —en el que lo esperaba el Cholo. Tito se sacó y le entregó su camiseta y se abrazaron fuerte para meterse juntos por el túnel ancho de la historia. Desde ese día al Cholo lo llamaron «El Maestrito».
…
Entre las banderas de oriente intermedia los hinchas fumaban Premier «Porque así llevo siempre la franja cerca de mi corazón», decían, sacando la cajetilla de la franja roja del bolsillo de la camisa. Y cuando el equipo salía a la cancha había que soltar los bolsones de papel picado que llevaban los organizados y enviar para abajo los rollos flacos de papel de calculadora reteniendo, con seguridad, uno de sus extremos mientras sonaban fieros los cohetones, los metales, las gargantas, unas cuantas matracas y, más atrás, un par de cornetas roncas de latón. Había mucha gente haciendo estas cosas, y cada semana más y más porque allá abajo, en el verde, el Cholo Sotil hacía milagros.
Su fama adquirió (como todo lo suyo) características excepcionales.
Jugando, de noche, un segundo tiempo por Perú en el Nacional, le había volteado un resultado definitivo a la selección de Bulgaria. Y le metió, al trámite, tal cantidad de fantasía que los suplentes búlgaros se bajaron, con él, las escaleras al camarín peruano tratando de conseguir su autógrafo. Cosa parecida le sucedió el año siguiente con los del Bayern Munich después de una demostración mitológica suya y de sus compañeros (del combinado que formaron el Muni y Alianza) en las que hasta el Motorcito Guzmán mojó, en la goleada, con un disparo de cuarenta metros.
El Cholo se había convertido en la alegría del pueblo y aun perdiendo en el resultado, las cervezas se agotaban comentando sus jugadas de ese domingo. Por lo ingenioso, lo sorprendente, lo original, por lo inverosímil, pero sobre todo por lo desarmado e incrédulos que quedaban los adversarios, esas jugadas tenían la virtud de hacer explotar la tribuna en carcajadas. Sí pues, cuando estaba Sotil en la cancha, la tribuna reventaba de risa.
No era todo. Año tras año, con las tribunas llenas y sin asignarse ningún solo crédito, hizo a su número nueve goleador del campeonato, hasta que llegó el año 73’… Ese año hizo dupla con Eladio.
Eladio Reyes fue uno de los más grandes delanteros del Perú en la época de los grandes delanteros. Desde que entraba a la cancha se podía percibir su aura luminosa bordeándole la piel de ébano pulido y la dimensión de su grandeza se reflejaba en la cadencia de sus movimientos. Aún vista desde muy lejos, su imagen generaba un respeto profundo: Tenía el don. Él solito había llevado al Aurich a su única Copa Libertadores y lo hizo ganar en Santiago con un frentazo de billarista. En la selección de Didí, había sido el compositor y ejecutante de la sinfonía que le brindaron al Uruguay, en el Estadio Nacional, una semana antes de viajar al Mundial. En ese partido, que el Perú jugó con la camiseta de los merengues para habilitar a los jugadores suspendidos, Eladio metió dos de los cuatro goles y su festejo, en cada uno de ellos, fue una mirada serena a la tribuna con el gesto quieto, los pies juntos y la palma derecha levantada.
En el 73′, el Muni tenía a Hugo y a Eladio.
Y el día que derrotaron a Alianza, sin que tocara la pelota el piso, la jugaron un buen rato entre los dos antes de que Eladio la incrustara con la frente…pero los dirigentes tenían a un empresario español sentado en oriente intermedia y ese detalle significó el final: No hubo más tardes como esa. El hombre que llegó de Ica se llevaba su magia a otros estadios. El de aquí se quedó vacío.
…
Muchísimos años después regresé a ver al Muni. Un Muni de la Municipalidad y que jugaba de local en una flamante Cancha de los Muertos. Un Muni millonario, con estrellas, publicidad, y confort.
En la tribuna, los rostros eran los mismos. Un poco más canosos, mucho más empobrecidos. Las cajetillas de Premier habían sido cambiadas en los bolsillos por dos cigarritos solamente. Uno para el primer tiempo, y el otro para el segundo, pero conservaban el mismo espíritu noble y la misma expectativa.
Muchos regresaban atraídos por este nuevo Muni prometedor en el que no sonaban ya los metales, ni existía el papel picado, ni las palmas acompasadas, ni el moreno que gritaba «rico!» equilibrando la bandeja de sanguito sobre su cabeza. Tampoco existía el Echa Muni. Mas bien, a un lado de la tribuna, un grupo de muchachos con la camiseta de la franja y pañuelos amarrados en la cabeza saltaban golpeando un bombo. Más abajo, colgadas de la malla, unas banderas punk con letras macabras rezaban «ediles».
En el centro de la única tribuna, el señor Alcalde se había construido un corralito privilegiado donde tenía su poltrona y una cierta cantidad de sillas plásticas blancas reservadas para su séquito. El resto de la tribuna era cemento.
Pero poco después el Muni salía a la cancha con camisetas amarillas electrizantes y pantalones azules electrizados. No eran más de tres mil los que fueron a ese amistoso pero la rechifla sonaba como si fuera de cincuenta mil: Enardecido, el Alcalde gritoneaba sordamente a su segundo, mientras que de rodillas y con las manos en plegaria, el segundo balbuceaba suspendido en el huracán de silbidos e insultos.
Otros asistentes corrían tribuna abajo en busca de un micrófono. Todo se arregló con la explicación de que los verdaderos uniformes, aquellos con los colores tradicionales, no los habían terminado de confeccionar, por lo que se invitaba a la hinchada presente, y a la ausente también, a la presentación de los uniformes nuevos, en ese mismo estadio, el día viernes a las 10 de la mañana.
Acompañé un rato a ese Muni millonario en el que me resultaba imposible rescatar el estilo de juego característico de los equipos del pasado.
Pero después de la tercera fecha, el ya asentado central —ese moreno larguísimo, flaquísimo, huesudo y desgarbado al que llamaban El Chani Cáceda— la paró de pecho a eso de los veinte minutos del primer tiempo, y, sin dejarla caer, en su área chica la levantó limpia por sobre la cabeza del delantero que le llegaba como un caballo desbocado, y entonces también noble, digno y ahora muy erguido, salió con el tranco largo, elegante, dominando el panorama desde sus interminables calancas de alambre y sorteando a un par de rivales en el camino.
Esto sucedía allá abajo, en los verdes pastos cercanos al punto del penal. Lampadia






