JORGE DEUSTUA
13 diciembre 2024
Para Lampadia
Cuando vi al Muni por primera vez, usaban las medias plomas.
Yo no tenía equipo entonces pero apenas salieron a la cancha y saludaron sentí su aire amigable, casi familiar. ¿Sería que la camiseta se parecía mucho a la de Perú?
En esa primera tarde el Muni jugaba con jugadores jóvenes y modestos, lo que los enganchaba con mi simpatía por lo sincero y lo natural.
Eran jugadores livianos, técnicos, alegres y prolijos y ya a los quince minutos Yasetick, dentro de su área, había quitado la pelota con una cuchara impecable y avanzaba elegantísimo hacia la media cancha. Desde allí se la había jugado a Villasís, cruzando su pie izquierdo por detrás del derecho. En primera, Villasís la había metido en callejón para que, llegando a la carrera, Gerardo Altuna le diera con el alma y con el empeine de un fierro fundido… La pelota entró fuertísimo, allá arriba, en la esquina… allí donde jamás llegan los arqueros.
Sin haberlo pensado supe que era el gol de mi equipo, porque lo estaba gritando a puro pulmón, en la última fila de occidente alta, y con los puños golpeando el cielo.
Después de regalarnos un recital de amagues, piques cortos e infinitos toques precisos y tan rápidos como elegantes, el Muni se fue del primer tiempo ganando dos a cero.
Durante el descanso, los hinchas mayores, que fumaban bien sentados en la sombra de la tribuna, me contaron que en una época anterior el Muni había tenido tres gatitos chuscos en la delantera: Tito, Vides y al tercero lo llamaban Caricho.
Estos tres gatos tenían la gracia de enredar la pelota entre ellos, como si fuera de lana, y desparecerla en la media cancha para reaparecerla —poco después— dentro del arco contrario. Me dijeron que con los gatos el Municipal había campeonado cuatro veces en total pero que ya en este tiempo el único que seguía jugando era Tito Drago y aunque continuaba siendo el símbolo del Muni, se había molestado con los dirigentes y se había ido, con todos sus compañeros de la franja, a jugar por el Ciclista Lima.
Por eso este equipo de muchachitos encontraron su oportunidad y dirigidos por el Mago Valdivieso campeonaron la primera rueda del torneo nacional y siguieron derechito hasta Cochabamba para jugar, por la Selección, en el Sudamericano del 63.
Pero no ganaron.
…
Pocas veces vi ganar al Muni.
Pocas veces vi ganar al Perú.
Y a pesar de los pocos triunfos, vi hombres inigualables realizar hazañas extraordinarias.
…
A fines del 67′, La Crónica Tercera publicó que Nemesio Mosquera (la estrella del equipo) deprimido por el descenso del Muni, había intentado arrojarse desde los acantilados de la Pera del Amor. Nunca se llegó a confirmar esa noticia. Pero que el Muni estaba en segunda era absolutamente cierto.
En su penúltimo y definitivo partido en primera, chocaron una noche contra el Defensor Lima.
Al partido fueron treinta mil personas para alentarlo y no sirvió de nada. Se les regaló un penal inexistente que Carlos Bravo tiró afuera y, aunque el réferi —insistiendo— ordenó la repetición de la falta por un supuesto adelantamiento del arquero, todo resultó inútil: nuevamente Bravo tiró afuera y el Muni se hundió.
La despedida fue una nueva derrota por 4-3 a las once de la mañana de un domingo, en la cancha de la «U». Una vez terminado el partido, los jugadores se juntaron en el centro del campo y desde allí se escuchó un indeciso «¡Volveremos!» que me dejó un grueso sabor a mentira.
…
Aquel año en el que los estudiantes tomaron Paris y los tanques rusos Praga, en el San Martín de Porres, un sábado soleado, reapareció el Muni.
Jugó contra el Atlético Sicaya y salvó, con las justas, su primer partido en segunda división. La figura principal allí fue un muy antiguo combatiente que defendió con los dientes y capitaneó —esa tarde y todo el campeonato— al equipo: el Mariscal Willy Fleming. Pero allá adelante, solitario en el contragolpe, un cholo joven, ancho, tímido, cabizbajo, con la frente oculta por el cerquillo negro, pareció caminar su talento en chimpunes dos tallas más chicas que la requerida. Desde la tribuna le gritaban Cholo, decían que venía de Ica y llevaba el diez en la espalda.
El sábado siguiente había más hinchas en las tribunas. Desde el comienzo el Independiente Sacachispas cerró bien el fondo y Hugo Sotil jugó con los mismos zapatos. Se mecía lentamente por la raya lateral y resultaba increíble ver que en su lento vaivén iba dejando atrás a cuanto contrario llegaba decidido a liquidarlo. El Cholo no hizo los goles esa tarde pero, después de sacarse cinco villanos de encima, los dos goles del Muni se los sirvió a su centro delantero que era cholo curtido también y quien solo tuvo que soplarlos para que entraran.
Cuando se terminó el partido, despeinando con la mano a los chiquillos que lo perseguían, el Cholo se fue caminando a camarines —como muchas otras tardes que vendrían— discretamente y en silencio, siempre escondido detrás de su ya clásico cerquillo.
…
Domingo. Tres de la tarde. San Martín repleto. Clima de partido clave. Definitivo. Denso. Tenso. Una final.
Fue minutos antes de comenzar el choque contra el Concha-Villarreal, el cual definiría el campeón de la primera rueda, que desde la malla de la tribuna oriente un estribillo comenzó a escurrirse entre la cerrada estridencia de los triángulos de metal y los alientos desordenados. Al principio era tan sólo una cadencia perseverante acompañada por unos cuantos aplausos rítmicos, pero ya cuando Hugo Sotil se pegó la pelota al chimpún derecho y dibujó con ella un ángulo recto sobre la línea de corner y se fue por allí arruinando las bisagras de los tres defensores destacados exclusivamente para su custodia, el estribillo con palmas abiertas era un furibundo vendaval que pertenecía a todo el estadio y también a la historia:
¡ECHA MUNI ! CLAP-CLAP-CLAP ¡ECHA MUNI! CLAP-CLAP-CLAP ¡ECHA MUNI!!… Lampadia






