Urpi Torrado
El Comercio, 9 de abril del 2026
“La última semana de la campaña no es la más informativa, es la más emocional”.
Pasaron los carnavales, un mes marcado por el juego con agua, pintura, talco, música y danzas folclóricas. Sin embargo, comenzó el carnaval electoral, donde también se lanza de todo: insultos que reemplazan el debate, encuestas falsas que distorsionan la realidad, promesas que aparecen y desaparecen con la misma rapidez, miedos que movilizan más que las propuestas y verdades a medias que confunden más de lo que aclaran.
En los últimos días, comentarios mal intencionados, ‘fake news’ y cuestionamientos sin sustento han inundado las redes sociales. Se lanza de todo. Y no, no vale la pena entrar a discutir cuando lo que hay detrás es fanatismo, odio o intereses políticos. El problema no es el desacuerdo, sino la intención de desinformar. El domingo, “Cuarto poder” emitió un reportaje claro y didáctico sobre cómo se hacen las encuestas en Datum. El Comercio también investigó y documentó el trabajo técnico y profesional detrás de las cifras que publica. Sin embargo, cualquier explicación resulta insuficiente cuando el objetivo no es entender, sino instalar dudas. “Miente, que algo queda”, parece ser la lógica dominante.
Pero aquí no está en juego la reputación de una encuestadora. Lo que se deteriora es algo mucho más delicado: la confianza. Cuando se instala la idea de que todo es manipulable, que nada es creíble, el elector pierde puntos de referencia. Se desorienta. Y esa desorientación se traduce en lo que hoy vemos: un voto altamente volátil, cambiante, que reacciona más a estímulos inmediatos que a convicciones sostenidas. No es casualidad que incluso haya un 5% de peruanos que admite sentir vergüenza de contar por quién vota, ni que un 14% termine tomando su decisión en la cola del local de votación. Esa fragilidad no solo expresa indecisión, sino también un clima en el que muchos electores llegan al día de la elección sin referentes claros, expuestos a rumores, presiones del entorno y mensajes de última hora que pueden alterar fácilmente su decisión.
En este carnaval electoral, además del lodo –los insultos– circulan encuestas falsas, resultados sin ficha técnica, encuestadoras extranjeras que no están registradas en el JNE y cifras diseñadas a medida de quien las difunde. Hay menús para todos los gustos. En ese contexto, conviene recordar que no existe evidencia sólida que demuestre que las encuestas, por sí mismas, determinan el voto. Los electores no reaccionan de manera uniforme ante un mismo resultado. Algunos refuerzan su preferencia, otros la cuestionan, otros simplemente la ignoran.
Lo que sí influye es el entorno en el que esa información circula. La prohibición legal de difundir estudios durante la última semana, lejos de reducir la incertidumbre, la amplifica. Se genera un vacío que es rápidamente ocupado por rumores, interpretaciones interesadas y datos sin sustento. Cuando desaparece la información verificable, proliferan las versiones.
Así, el problema no son las encuestas, sino el ecosistema en el que se consumen. En un entorno saturado de ruido, donde se mezclan datos reales con contenidos falsos, el elector queda expuesto a una sobreoferta de información sin jerarquía. Y en ese escenario, decidir se vuelve más difícil.
La última semana de la campaña no es la más informativa, es la más emocional. Ya no se trata de comparar propuestas, sino de reaccionar. Se vota por afinidad, por rechazo, por intuición. En medio de este carnaval, donde todo se lanza y todo compite por llamar la atención, el riesgo es que el voto termine siendo una respuesta al ruido, más que una decisión basada en información.
Porque, al final, cuando se apagan la música y los colores, lo que queda no es el juego, sino la elección. Y esa sí tiene consecuencias.






