Ricardo León Dueñas
Expreso, 8 de enero del 2026
La madrugada del sábado 3 de enero de 2026, fuerzas de élite del ejército norteamericano, con precisión quirúrgica, capturaron en su residencia de Caracas al narcodictador venezolano, el tirano Nicolás Maduro, embarcándolo hacia los EE. UU. La sorpresiva incursión y las posteriores declaraciones del presidente Donald Trump dejaron en claro las intenciones de Washington de recuperar la hegemonía en la región. Venezuela, fuera de haberse convertido en una sanguinaria dictadura socialista (que además ha ocasionado el éxodo de ocho millones de venezolanos que deambulan por el mundo), se había constituido en punta de lanza de potencias como China y Rusia, fuera de la intolerable intromisión del régimen teocrático de Irán, contando asimismo con la injerencia directa de Cuba. Soberanía, por tanto, en el país llanero… no había.
Ingenuo —si no estúpido— es pensar que, una vez detenido y procesado en Nueva York Maduro, el gobierno de los EE. UU. iba a llamar al binomio González-Machado (ganadores legítimos de los últimos comicios en Venezuela) para que ingresen de inmediato al palacio de Miraflores en olor a multitud y como por arte de magia se recupere la democracia. Basta con ver la prudencia con que se manejan la misma María Corina y González, que saben que hay que esperar. El tema es sumamente complejo, es imposible desmantelar en poco tiempo el andamiaje montado por el criminal y cleptocrático régimen chavista que en 25 años ha creado un Estado al servicio de una narcodictadura.
Los acontecimientos se tienen que evaluar día a día. En ese orden de ideas, la administración Trump tiene que negociar necesariamente con quienes —nos guste o no— por ahora detentan el poder real, una vez defenestrado el sucesor de Chávez.
Así, con evidente pragmatismo, los norteamericanos tienen en la hoy presidenta interina Delcy Rodríguez un indeseado, pero necesario alfil que les debe servir para la transición hacia el restablecimiento final de la democracia. Inclusive, seguramente haciendo de tripas corazón, tienen que negociar con quienes controlan las masas chavistas y al ejército venezolano: Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, respectivamente. No hacerlo sería sumir a Venezuela en el caos absoluto, uno que pudiera desencadenar en una guerra civil o en una situación de anarquía muy peligrosa, no solo para Venezuela, sino para toda la región, peor aún que el mismo chavismo.
Queda claro, pues, que el derecho internacional y la salida pacífica y conversada nunca iban a tener resultados positivos. Así, se intentó una salida vía democrática con la elección de González-Machado: no se pudo; es más, Maduro cometió un escandaloso fraude, burlándose de la comunidad internacional, impidiendo que accedieran al poder y luego persiguiéndolos. Antes ya había obstaculizado que los opositores Guaidó, López y Capriles siquiera participaran en la vida política de Venezuela, persiguiéndolos también y encarcelándolos.
No hay duda de que los grandes perdedores en este tema han sido la OEA, ONU y demás organismos internacionales, que una vez más han demostrado su total inutilidad para solucionar este tipo de situaciones.






