Paola lazarte
Correo, 3 de marzo del 2026
En el Perú hemos normalizado el caos vial como si fuera parte inevitable de nuestra identidad. Pero no lo es. Lo que vivimos en calles y carreteras no son simples “accidentes” de tránsito: son siniestros viales, hechos prevenibles que tienen causas claras y responsabilidades concretas. Según el Ministerio de Transportes y Comunicaciones, cada año se registran más de 80 mil siniestros viales en el país, con alrededor de 3 mil fallecidos y decenas de miles de heridos. Detrás de cada cifra hay familias rotas, costos económicos enormes y una pérdida silenciosa de productividad y bienestar.No recuerdo que siempre hayamos conducido tan mal. La sensación es que el civismo se ha ido precarizando. Hoy abundan el exceso de velocidad, el irrespeto al peatón, el uso del celular al volante, la invasión de carriles y la indiferencia frente a las normas. No nacemos malos conductores. Nos volvemos malos conductores en una cultura donde incumplir parece más astuto que respetar.
El problema es que esa misma conducta que creemos “ventajosa” termina perjudicándonos: más tráfico, más estrés, más tiempo perdido y más riesgo de muerte.Conducir un vehículo no es un acto trivial. Tener un auto es asumir una responsabilidad enorme; mal utilizado, puede convertirse en un arma. Por eso resulta incomprensible que la educación vial no forme parte estructural de la currícula escolar.
Si aspiramos a ciudades modernas y seguras, debemos empezar por la formación. Educación vial desde el colegio, sanciones efectivas y una cultura que premie el respeto. No se trata solo de tránsito: se trata de qué tipo de sociedad queremos ser, qué valores promovemos y qué ejemplo damos a las próximas generaciones, con responsabilidad, empatía, legalidad y verdadero compromiso ciudadano.






