Paola del Carpio Ponce
Gestión, 19 de marzo del 2026
La tecnología, que puede ser una herramienta poderosa para informarnos, también puede convertirse en una fuente de división.
Las elecciones ya están a la vuelta de la esquina. Y, aunque estamos cada vez más atentos a las encuestas, con sus subidas y bajadas, lo que todavía no vemos son propuestas. No es por falta de problemas que resolver, sino porque parecemos estar apagados, tanto por el lado de la oferta como de la demanda. ¿Será que hemos tirado la toalla con nuestra clase política?
Es probable que, en estas últimas semanas de campaña –especialmente a partir del debate presidencial– comencemos a ver algunas ideas para poner en agenda. Más de una tendrá que ver con el desempeño de la economía y, muy probablemente, muchas van a sonar bien sin resistir análisis al mirar los datos y los costos que van más allá de lo evidente. Lamentablemente, estas suelen ser las ideas que más logran conectar con las emociones y captar la atención de la mayoría.
El problema de los debates vacíos y la pérdida de interés en los datos y recomendaciones de expertos no es exclusivamente peruano. Muchas democracias enfrentan hoy lo que se conoce como una crisis del conocimiento experto y una discusión cada vez más polarizada y menos fundamentada. Las redes sociales –principal fuente de información para los jóvenes, que no son pocos– amplifican mensajes que sobresimplifican, polarizan y dejan de lado los datos y la evidencia detrás de explicaciones más complejas, aquellas que reconocen matices, limitaciones o costos. La tecnología, que puede ser una herramienta poderosa para informarnos, también puede convertirse en una fuente de división.
¿Cuál es el rol, entonces, de la economía en un contexto de pocas ideas y pocas ganas de debatir? Poner los datos, la evidencia, pero también las historias sobre la mesa. Y es que conectar con las personas, con los ciudadanos, tiene que ser asumido como parte de nuestro trabajo como economistas. No es fácil, porque el análisis económico obliga a reconocer que las decisiones implican disyuntivas. No hay soluciones mágicas, no hay balas de plata. Si queremos más de algo, normalmente debemos aceptar menos de otra cosa. Y eso no suena muy atractivo.
Pero entender principios de economía tiene que dejar de ser un lujo de especialistas y convertirse en una forma de analizar la realidad, en una herramienta para que los ciudadanos se involucren en su propio futuro. Porque mientras dejamos espacios vacíos en la conversación pública, otros sí los ocupan. Y mientras tanto, con debate o sin él, se siguen tomando decisiones que no ayudan –o incluso perjudican, como hemos visto repetidas veces en los últimos años– a los siete de cada 10 trabajadores que permanecen en la informalidad, a la gran mayoría de estudiantes de secundaria que no entienden lo que leen, o a los cada vez más peruanos que deciden salir del país en busca de oportunidades.
Son cifras duras, pero necesarias. Como recuerdan Roberto Chang y María Cecilia Villegas en su libro recientemente publicado, hay números que todo peruano debería conocer si quiere participar del debate económico con algo de contexto. No para memorizarlos, sino para no perder de vista la magnitud de los problemas y oportunidades que enfrentamos. Porque mientras no nos involucremos en entender estas realidades, estas siguen avanzando –a vista de todos– y las oportunidades se siguen perdiendo.
No es, entonces, cuestión de sentarse a esperar a que lleguen las propuestas. Las decisiones se están tomando ya. Por ejemplo, el Congreso sigue aprobando medidas con impactos fiscales significativos que no solo comprometen recursos públicos, sino que ponen en riesgo algo que tomó años construir: la estabilidad fiscal y el espacio del Estado para atender necesidades urgentes. ¿Y el Ministerio de Economía? ¿Y los ciudadanos? Parecemos seguir dando por sentada una estabilidad que costó tanto alcanzar.
Al mismo tiempo, tenemos que reconocer que no todos los ciudadanos miramos la economía peruana desde el mismo lugar. Hay generaciones que recuerdan con claridad la hiperinflación, las colas o los apagones. Y hay otras que crecieron en un Perú distinto, con otros problemas. No hablar el mismo idioma cuando hablamos de economía es, en parte, natural y deseable, porque no queremos que nuestros jóvenes pasen los embates del pasado. Pero eso no debería traducirse en olvidar lo aprendido: lo bueno, lo malo y lo feo.
El Perú no comienza en julio ni termina en el 2031. El Perú está ocurriendo hoy. Sigue caminando, bien o mal, con sus ciudadanos o sin ellos. Por eso, involucrarnos, informarnos y decidir no es opcional. No decidir también es una decisión con consecuencias. Las decisiones públicas –buenas o malas– igual terminan afectando nuestras oportunidades, nuestro bienestar y el rumbo del país. Asumamos nuestro rol, de economistas y ciudadanos, y busquemos los espacios para construir a pesar de las discrepancias y del desencanto.






