Melba Escobar, Escritora y periodista, «El Tiempo» de Colombia, GDA
El Comercio, 27 de enero del 2026
Al comienzo, creamos herramientas como hachas u ornamentos. Creamos el fuego, la rueda, la escritura. Siglos después, el telégrafo, la electricidad, el automóvil, el avión, la televisión. Y luego, en un giro dramático, la telefonía móvil, Internet, momento en que la velocidad de los inventos y su propia aceleración habrían de cambiar para siempre. Porque la especie creadora, la que inventó el arado, la brújula y la creencia en un Dios, las vacunas y cohetes, esa misma especie inventó los algoritmos, la robótica y, tras ella, la inteligencia artificial.
En este punto, la aceleración precipitada e `in crescendo’ comienza a desbordarse. Porque tal como dijo Yuval Harari en Davos: “La IA no es una herramienta. Las herramientas hacen lo que nosotros queremos que hagan. Un cuchillo puede servir para asesinar a alguien o para picar vegetales. Su uso lo determinamos nosotros, los humanos. No ocurre lo mismo con la IA porque en lugar de ser una herramienta es un agente. Es decir, tiene voluntad. Aprende por sí misma y puede tomar sus propias decisiones”.
Max Tegmark, director del Instituto para el Futuro de la Vida en MIT, lo lleva aún más lejos: “Si uno crea una especie que es más inteligente, esa nueva especie tomará el control. Solo hace falta asomarse a un zoológico para ver quiénes están encerrados y quiénes estamos en libertad”. Es verdad que estamos en una etapa preliminar, pero una IA que razone por sí sola está a pocos años de distancia.
Se ha dicho que la IA remplazará trabajos que hoy ejercemos. Pero estos pensadores contemporáneos lo llevan más lejos para preguntarse ¿qué pasará cuando perdamos el control? La respuesta no está escrita. Para Tegmark, urge trabajar para buscar que este monstruo que crece rápido no nos supere y someta. Para Harari, no es una casualidad que nos encontremos ante el regreso de grandes imperialismos. Según él, potencias como EE.UU. y China saben que quien primero controle la IA dominará el planeta.
Claro, hasta cuando la IA pueda someternos a su antojo. Sé que suena como película de ciencia ficción. No lo es. Es el trabajo constante en laboratorios científicos, instalaciones militares, Silicon Valley, universidades. ¿Se parecerá la guerra del fin del mundo a una batalla a muerte de los humanos contra una criatura que ni siquiera existe?
Sobra decir, la misma IA generativa ha contribuido a avances científicos, médicos, entre tantos otros a los que no habríamos podido llegar sin su ayuda. Pero la gran pregunta es cuánto de esto nos servirá el día en que el mundo, tal como lo conocemos hoy, pase a ser obsoleto. Sobra decir que no tengo la más remota idea de cuál sea la respuesta.






