Maite Vizcarra
El Comercio, 28 de agosto del 2025
“El Puente de la Paz será, en última instancia, lo que decidamos hacer con él. Si lo condenamos a ser el símbolo de la discordia, eso será”.
El llamado Puente de la Paz en Miraflores nos ha vuelto a recordar lo difícil que resulta en nuestra ciudad ponernos de acuerdo en torno a una obra pública. Entre críticas al diseño, reclamos por la gestión y el ruido político que todo lo tiñe, olvidamos hacernos la pregunta más simple: ¿nos hace más amables como ciudad?
Honestamente, ¿qué es lo que molesta tanto del Puente de la Paz de Miraflores? ¿Las luces, la demora, las contrataciones, la improvisación? O, quizás, lo que nos incomoda es algo más profundo: la imposibilidad de reconocernos como vecinos que comparten un mismo espacio y que, pese a las diferencias, podrían aspirar a vivir con un poco más de amabilidad.
En Lima, ninguna infraestructura pasa desapercibida ni ilesa del debate público. Fue el caso de la Costa Verde, y el ‘by-pass’ de la Vía Expresa en el pasado; y ahora lo es con este puente que une Miraflores y Barranco. La polémica es casi automática: que si el diseño es estridente, que si el costo no se justifica, que si el proceso de contratación huele a irregularidad. Todo ello tiene parte de verdad, pero también parte de repetición de un libreto que parece condenarnos a ver la obra pública solo como sospecha o malestar. En medio de la gritería, dejamos de preguntarnos lo esencial: ¿sirve para acercarnos, para hacernos la vida un poco más llevadera?
Porque una infraestructura amable no se mide en metros cúbicos de concreto ni en lo vistoso de sus juegos de luces, sino en la capacidad de invitar a la convivencia. Una ciudad amable es aquella que ofrece espacios de encuentro, que facilita el caminar, que da pequeñas pausas en medio del ruido. Es la diferencia entre una urbe que desgasta y otra que acompaña. A la luz de esa lógica, el Puente de la Paz merece una evaluación menos visceral. ¿Conecta mejor a dos distritos vecinos? ¿Ofrece un lugar seguro para caminar, ejercitarse o mirar el atardecer? ¿Puede convertirse en un punto de reconciliación con la ciudad, en lugar de un recordatorio de sus carencias?
Si las respuestas se inclinan hacia el sí, entonces ya habrá cumplido con una función que va más allá de las disputas estéticas.
Por supuesto, eso no significa renunciar a la crítica. La gestión importa, y mucho. Una obra amable no nace de la casualidad ni de la velocidad electoral, sino de la planificación seria, de la transparencia contractual y del seguimiento ciudadano. Una infraestructura bien concebida debe medirse: cuánto se usa, qué tan segura es, qué impacto real tiene en la vida de la comunidad. De lo contrario, el riesgo es que quede como otro monumento olvidado, más que como un espacio vivo.
El Puente de la Paz será, en última instancia, lo que decidamos hacer con él. Si lo condenamos a ser el símbolo de la discordia, eso será. Pero si lo adoptamos como un espacio compartido, de encuentro y de paso, quizás logre honrar su nombre. La paz, como la amabilidad urbana, no se decreta: se cultiva paso a paso, sobre los puentes que elegimos cruzar juntos.