Luis Ernesto Cáceres Angulo
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3 de marzo de 2026
Glosado por Lampadia
Arequipa no avanza, ni siquiera puede moverse y lo peor es que, está paralizada hace treinta años debido a dos razones, la primera es la inoperancia de la empleocracia pública en todos los niveles de gobierno, y además, entornillada en el aparato del estado de por vida, como si fuera su propio fundo o su propiedad privada en medio de un estado de inmoralidad e incompetencia generalizada nunca antes vista; la segunda se refiere al otro plato de la balanza, nuestra institucionalidad y la clase dirigente, que tendría que actuar como contrapeso en este dramático y deprimente escenario, pero que no reacciona, tampoco funciona, no habla ni dice nada, no se si por haber perdido liderazgo o por falta de sentido y deseo de revertir una gestión calamitosa, improductiva e ineficiente, en todos los sentidos de la brújula.
¿Por qué Arequipa ha caído en esta desidia y ha sido castigada y mediatizada al extremo de entrar en un callejón sin salida?
Este estado de incompetencia nos alcanza más allá de un cuarto de siglo, y se ha convertido en un martirio para los que la queremos una Arequipa siempre exitosa y bella, relumbrante por sus éxitos y su continuo progreso. Pero lo que hoy vemos es una ciudad postrada por el adormecimiento, y contaminada por un elíxir contaminante, que obstaculiza la atención de sus necesidades y demandas, y no quiero creer que sea por incapacidad sino más bien apuesto, por la falta de temple y reacción, ante las adversidades incompetentes e inmorales, pero también naturales.
Esta resignación contagiosa me hace recordar aquel dicho boliviano que escuche insistentemente cuando viví un tiempo allá, el que responde al preguntar por las causas de los problemas más álgidos del hermano país, la respuesta siempre era porque “así nomás es” , una forma de aceptar con resignación las consecuencias de las decisiones mal tomadas, muy similar al nuestro “más de lo mismo” acompañado de la ausencia generalizada donde nadie reclama ni dice nada, donde los gobiernos de turno, la justicia, la contraloría, parecen ciegos, y en una ciudad de ciegos, el tuerto se convierte en rey, donde los propios arequipeños aquellos que protagonizaron aquellas brillantes gestas heroicas descansan en paz, y los vivientes duermen el sueño de los justos. Una lamentable y triste realidad “pero así nomás es”.
Arequipa ha sufrido en los últimos tiempos, un cambio radical donde su abundante y rico manantial que fue una vertiente inagotable de orden, grandeza, conocimiento y gallardía, se ha convertido en un recipiente ilimitado similar a un barril sin fondo, donde se agotaron los espacios, se sustituyeron sus peculiaridades, donde lentamente se apaga la llama de su identidad, y se ignoran valores y principios, olvidando el respeto que ha desparecido como virtud, y donde sus recursos de toda índole, han pasado del estado de potencialidad a un gaseoso panorama de limitaciones, perdiendo la sensibilidad del liderazgo y el buen ejemplo de comportamiento que nos distinguió en el contexto nacional.
Hoy todo se conduce sin propósito, con evasión disfrazada y en medio de una falta de compromiso en medio de una absoluta desidia. Nuestro mejor capital que fue el talento, escasea, y la fuerza del futuro que representa la esperanza como son las juventudes y las nuevas generaciones, se están marchando en busca de un horizonte éticamente más limpio y mas gratificante. Mientras tanto, el millón y medio de gentes migrantes que están ocupando ese vacío, todavía no responde a las expectativas, y más aún, ha trastornado las formas, hábitos y costumbres, los valores y principios recibidos como como posta de la vida y como herencia invalorable, esos que fueron nuestro mejor y más significativo activo, -que además nos permitieron vivir unidos, en paz y concordancia- hoy son tema de discrepancia.
La ciudad nuestro patrimonio más significativo y valioso, debido a su abandono ha pasado a ser un costo más que un beneficio, y es parte del gran pasivo que estamos acumulando; esas frases tan significativas como ciudad blanca, hermosa, leal, revolucionaria, luchadora y ejemplo nacional, han quedado desfasadas y hoy suenan a exageradas, porque ya no calzan con la realidad. El trabajo en equipo entre Ccalas y Loncos como sucedió en el pasado, basado en el orden y respeto, son parte de un sueño de hadas y convertidos en literatura antigua, la segunda ciudad del Perú un honor obtenido apulso, se ha desvanecido y desvalorizado, el himno que entona “a la blanca y heroica ciudad” suena triste, además desentonado. Todos gozan con la historia de nuestros ancestros y el orgullo de los dichos celebres, sobre todo los que recién los advierten y conocen, pero cuando se comparan realidades entre el ayer y el presente, esos dichos son sinónimo de masoquismo, porque el peso de la balanza se inclina indudablemente al pasado, debido a que el presente desconcierta, y mientras tanto la nevada arequipeña permanece inamovible y protesta porque hasta la naturaleza nos agrede.
La agenda que rigió en los últimos cincuenta años está agotada y debe ser necesariamente renovada, tenemos que concebir un nuevo escenario más realista y acorde a los tiempos que vivimos, pero sin olvidar nunca lo deslumbrante que fue nuestro pasado, la calidad intelectual de nuestros ascendientes y la tierra prodigiosa que nos vio nacer al pie de un volcán.
Este llamado a la conciencia que hago a mis paisanos, residentes y no residentes, podría ser interpretado como pesimista, sin embargo, es más bien realista, por que lo vivo cotidianamente, y lo que estoy haciendo, es apelar a una práctica del pasado, de doblar las campanas a dos toques y un repique, para llamar y convocar al cambio, simplemente para garantizar el futuro de nuestros descendientes, recuperar la conciencia de arequipeño con sensatez y optimismo, y a no desfallecer ni permitir la decadencia de Arequipa, reaccionando en la defensa de la patria chica, nuestra querida y adorada Ciudad Blanca, para seguir pronunciando con clamor, orgullo y elegancia, ¡Arequipa siempre Arequipa! Gracias.
Lampadia






