Luis Carranza
Perú21, 28 de diciembre del 2025
«El Perú no saldrá adelante hasta que los peruanos no entiendan que son ustedes mismos los que tienen que tomar las riendas de su destino, que no tienen que esperar a que llegue un gran líder que los lleve al progreso”.
El miércoles 24, después de la cena navideña con la familia, regada de vino además, salí a pasear a mis perros, para bajar la comida, mientras esperaba las 12 de la noche.
Estando sentado en una banca en un parque cerca de mi casa, mientras mis perros se paseaban por los jardines, se me acercó una persona mayor que me saludó muy amablemente. Me dijo que se llamaba Nicolás y que me concedería un regalo por Navidad. Lo miré desconcertado. “¿Nicolás?, ¿te haces pasar por Santa Claus?”, le dije. Soltó una carcajada y me contestó: “Soy Nicolás de Myra, nací en el siglo IV de Nuestro Señor. Y sí, ayudé y sigo ayudando a la gente que necesita. El Santa Claus que tú conoces, que se viste de rojo y entra por las chimeneas, ese es un invento de Coca-Cola”. Ya un poco más impaciente continuó: “Pero, bueno, ¿vas a pedir tu regalo o no?”.
Con algo de escepticismo lo miré y le dije: “Quiero que mi regalo sea que tengamos un presidente honesto y trabajador, con visión de futuro, gran capacidad de comunicación y que sepa lo que necesita el país. Un gran líder”.
“Todos los regalos deben cumplir dos reglas”, me respondió con una mirada aguda. “Primero, no pueden afectar el libre albedrío de las personas y, segundo, no pueden ir en contra de pedidos realizados por otras personas. La elección de sus presidentes le corresponde a la libre decisión de las mayorías; allí no puedo intervenir”.
Intrigado aún, arriesgué otro pedido: “Que se privatice Petroperú”. Aquí me devolvió una sonrisa triste: “No sabes la cantidad de gente que me ha pedido lo mismo, tanto como la cantidad de gente que no quiere que se privatice. Tampoco puedo darte ese regalo que me pides”.
Para entonces mis perros ya habían dejado de oler el pasto y lo miraban fijamente a Nicolás. Entonces, me puse a pensar en todas las cosas que se podrían hacer para lograr la prosperidad y eliminar la pobreza en el Perú: mejorar la productividad de las empresas, conectar al país, cambiar la regla fiscal, simplificar la administración pública, tener regulación eficiente, resolver el tema de la minería informal, que se terminen las obras de infraestructura paralizadas, colocar directores independientes en las empresas públicas, mejorar los programas sociales, eliminar la desnutrición infantil y la anemia, tener buenos profesores que sepan y enseñen bien a nuestros niños, que salgan los proyectos de Chavimochic y Majes Siguas II, que tengamos un servicio civil bien remunerado, pero basado en meritocracia y no en clientelismo político, que no exista evasión tributaria, que los permisos de los empresarios salgan rápido, que se elimine la corrupción, y así seguían llegando ideas a mi cabeza de qué más podría pedirle como regalo cuando Nicolás me interrumpe. “Nada de lo que estás pensando te lo puedo dar. Todo eso es necesario e importante, pero no te lo puedo dar porque va en contra de las dos reglas”.
Entonces, lo miré fijamente y le dije: “Ya sé lo que quiero”. “Quiero que ilumines a todos los peruanos y que sepamos distinguir entre los farsantes y los trabajadores, entre los corruptos y los honestos, entre los que ofrecen cosas que no se pueden cumplir y los que realmente tienen claro lo que necesita el país”. Nicolás sacó lentamente una libreta y anotó lo que le había pedido, guardó la libreta y me dijo: “Hecho”.
Antes de irse acarició a mis perros, que le movían la cola y se despidió con una frase contundente. “La iluminación les llegará, pero eso no garantiza que tomen una buena decisión. La gente sabrá quién es quién, pero pueden decidir su voto por intereses o por odios. Ya veremos qué pasa”. Empezó a retirarse y de pronto se volteó y me dijo: “El Perú no saldrá adelante hasta que los peruanos no entiendan que son ustedes mismos los que tienen que tomar las riendas de su destino, que no tienen que esperar a que llegue un gran líder que los lleve al progreso. Toda la clave del futuro está allí: que el Perú no se pierda por la obra o inacción de los peruanos”.
Mientras se marchaba Nicolás, me quedé intrigado pensando dónde había escuchado esa frase, cuando sentí una mano en el hombro y me levanté sobresaltado. Era mi esposa que me decía que teníamos que ir a casa para abrir los regalos, que ya eran las 12. “¿Viste a Nicolás?”, le pregunté con emoción. Medio confundida ella me responde: “De qué Nicolás me hablas, te has quedado dormido. Vamos de una vez”.






